lunes, 28 de abril de 2014

DESTELLOS EN SOLEDAD Libro 2

El faro se mostraba como una columna preferente, inmóvil y luminosa que lanzaba largos destellos discontinuos que perseguían los navegantes.

Todos le llamaban Pau. El mar le había retirado pero le dejaba que estuviera junto a él. Era farero, en aquel cabo que penetraba como una lanza en las profundidades del mar. Ese mar que había sido testigo de su vida y a cambio, le dejaba conocer sus movimientos. 

Pau miraba el mar con ojos de poeta, en silencio y en compañía de su intangible amada.
Sentía en la piel el agua indecisa, al sortear las pisadas de los cormoranes, hasta alcanzar la playa. Al llegar, la estampida de las aves y el inicio del vuelo, se solapaban con el desplegar del ruidoso plumaje y el balanceo oscilante del 
recorrido de las masas azules del mar.

Cada amanecer, al despertar, descubría el salitre extendido por la caleta. Pau, daba pasos cortos y pensaba en silencio en el alejado ultramar, no dejaba de soñar. Se paró ante la roca, al pie de  de aquel faro de luz inagotable. Inspiró con fuerza, paladeando un profundo sabor a mar, antes de iniciar el ascenso por la torneada escalera, húmeda y corroída, de un color caprichoso, compatible con el del cielo. No cejó hasta alcanzar el vértice de la columna majestuosa, que se erigía como el monumento a una vida.







El viejo Pau era un pescador apartado del mar, pero sin alejarse, disfrutaba del fragor del temporal, del repetido desgarro al embestir la costa y de la ausencia de buques bajo la amenaza de zozobrar. Su tesón como marino se consolaba en el horizonte, durante esos días amplios que eran el preludio de noches bonancibles. En el faro descansaba de los turbulentos pensamientos y del recuerdo de las largas travesías a lugares desconocidos, que le empañaban el cariño de su amante eterna, la luna. Después de tantos años, el único deseo de Pau era reencontrarse con su amada. Cada noche la buscaba, mientras ella se ocultaba entre las sombras. Él le pedía fidelidad desde la torre vigía.  

Al aproximarse el amanecer, Pau excusaba la ausencia de la luna. Durante la noche, a veces se le aparecía desfigurada, con sus fases cambiantes; incompleta o bipolar, coloreada por el blanco mayoritario, con matices argénteos o anaranjados, según el rastro de luz  del día que acababa. Sentía miedo a perderla. pero sabía que volvería, como cada noche, para reconciliarse y nada perturbaría ese idilio. 

El sol era el sempiterno pretendiente y rival de Pau en su amor desinteresado por la luna. No le importaba competir, le conocía y le soportaba durante horas. Siempre la esperaba.


Los que la admiraban y no estaban enamorados , la llamaban Selene; para Pau, su nombre era luna. Como una amada fiel evitaba los conflictos. Era consciente del esplendor y fortaleza de su amante testarudo, poderoso y dorado, el sol; que al salir, la expulsaba y no la dejaba continuar su paseo por el firmamento. Ella no podía destacar sin su permiso que no se lo concedía hasta que redondo y refulgente se hundía en el confín, dese ese instante era dueña de la noche y el momento deseado por Pau, que siempre la esperaba.

Cada amanecer, Pau volvía del sueño de haberla tenido. Los destellos del prepotente sol sobre los ojos, desvanecían los tibios reflejos de la extenuada Selene, a punto de ocultarse y le devolvían a la realidad. Siempre la esperaba.

Sólo en lo más alto de su refugio, aguantaba
cada día a que la luz se extinguiera, para que su amada paseara y él, junto a ella, vivir con los recuerdos que les devolvía el mar. Siempre puntual, aguardaba cada noche.




Javier Aragüés (abril de 2014)

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