jueves, 19 de abril de 2018

EL MILICIANO


EL MILICIANO   Javier Aragüés (abril de 2018)


A mediados de julio del treinta y seis, una serie de acontecimientos se precipitaron hasta desplomarse sobre las vidas de los españoles. Tal era su importancia que fabricó la historia durante gran parte del siglo XX.

Ese Madrid estaba arropado por un cielo donde cabían calles, hombres y mujeres, miradas y paisajes. En la vida  de los madrileños había un lugar preferente para la esperanza que venía de la mano de la República y de las libertades. Las ideas se paseaban sin complejos y esperaban servir a todos los que padecían desigualdades y miserias.

Jesús era uno de los madrileños que acariciaban esa nueva vida que parecía surgir. De ideas republicanas inculcadas por su viejo maestro de escuela. Jesús era un joven guardia civil, de tez aceitunada y entrecejo serio. Sus ojos se iluminaban con la luna y su rostro se apagaba con la tristeza de los que conocen la miseria. De día, el cielo de Madrid acariciaba su piel cuando paseaba por la Gran Via con grupo de amigos y destacaba el blanco noble de su camisa de los días de fiesta.

En un mes de un julio sofocante, los rumores y las tensiones se desparramaban por el viejo Madrid. Hablaban de un pronunciamiento militar en el Protectorado de Marruecos, pero fue el sábado dieciocho de julio cuando se extendió a todo el territorio nacional. El domingo diecinueve, corrían muchos madrileños hacia la Puerta del Sol, donde se encontraba el Ministerio de Gobernación, y a la Plaza de Cibeles, al Ministerio de la Guerra, para protestar. En todas las bocas se leía la palabra traición y aparecieron  armas en manos de algunos de los  manifestantes. Los guardias de asalto no intervinieron e incluso algunos se suman a los manifestantes. El lunes veinte es conocido el levantamiento y que se ha extendido a muchas ciudades. Hablan de Barcelona, donde los rebeldes han sido derrotados.


Era un Madrid que intentaba ocultar los aires de miseria y que n podía ocultar la necesidad.se recreaba en lo que todo lo que respiraba era literatura en estado puro, se acumulaba el saber

la mayoría de sus clientes: escritores, pintores, poetas, músicos, periodistas, escultores,  actores e intelectuales asiduos del emblemático café, habían sido fusilados, encarcelados o se habían exiliado a otros países, lo que convirtió al local en un lugar lúgubre, casi vacío, que era la sombra de su pasado esplendoroso.


Las noticias procedentes de Marruecos ponen en marcha el dispositivo de acción gubernamental previamente diseñado: a las 2.00 de la mañana, el inspector general de la Guardia Civil, general Sebastián Pozas, lanza un mensaje por radio a las comandancias advirtiendo de la sublevación e invitando a jefes, oficiales, clases e individuos a que "cumplan fielmente con su deber en buen nombre del Instituto y en prestigio de la Institución".


el conflicto atrajo hasta España, entre 1936 y 1939, a autores de la talla de Pablo Neruda, Ernest Hemingway, George Orwell o André Malraux, entre muchos otros. "La flor y nata de los escritores de la época se dio cita en España", apostilla.
 Pro para todos  miradas  miradas, paisajes o cielos que son literatura en sí mismos. El de Madrid es uno de esos cielos. En primavera o en otoño, con lluvia o con sol, con frío o con calor. El cielo de Madrid es literatura en estado puro. Como lo es un cuadro de Antonio López (por citar un ejemplo) y como también lo es (por citar, en esta ocasión, un ejemplo asociado al cine) el plano que recoge ese trabajo del pintor en uno de los fotogramas de Víctor Erice.





Jesús López, guardia de primera de la Benemérita, junto con otros compañeros de su compañía han conseguido alcanzar la fachada. El asalto se ha combinado, y un teniente coronel que manda las milicias ciudadanas, intentará el asalto por el talud que da a la Estación del Norte, mientras que se intensifica el fuego desde los demás puntos. López y sus compañeros van tomando posiciones y estudiando como entrar al edificio cuando desde el interior del cuartel se escuchan los acordes de La Internacional. A unos de los balcones laterales se asoman soldados que saludan con el puño en alto. El cuartel de infantería ha caído, pero en el de Zapadores y el de Alumbrado continúa la resistencia, que poco a poco va siendo sofocada. Los últimos defensores se baten en retirada; algunos son alcanzados y muertos por disparos a quemarropa. Los últimos focos se rinden, algunos de los sublevados han decidido suicidarse. Los milicianos entran con rabia en los edificios todavía recuerdan el episodio de la bandera blanca.







domingo, 15 de abril de 2018

MAR MORADO



MAR MORADO



La punta del malecón se teñía de un blanco encrespado, luchando contra el lila tornasol de los rugidos del temporal. Arreció y llevó las gotas a sus mejillas. En un mar morado, el navegante la buscaba sin descanso. Ella se había entregado. Cansado de mirar las rocas entre celos y sufrimientos, mientras lloraba, el mar la arrojó a la playa.

Javier Aragüés (abril de 2018)

sábado, 14 de abril de 2018

Cal y Neva (Sara Laborda 10-4-18)





Neva nació en un pueblo muy lejano donde nunca se veía el sol. Los árboles, las casas y los caminos tenían los tonos blancos, negros o grises según las estaciones del año. Las gallinas eran negras de picos blancos. Los perros eran blancos con pintas negras. Las vacas eran grises con lunares negros. Los pájaros eran o bien todos blancos o todos negros.Los zapatos y los vestidos de los niños y niñas siempre eran grises, negros o blancos.




Cada día al salir del colegio, Neva y su amigo Cal, se sentaban en sus pequeños trineos a contemplar el plomizo cielo. Alguna vez una pequeña nube blanca les guiñaba el ojo, pero velozmente desaparecía devorada por un nubarrón que dejaba caer cientos de pequeños copos blancos, que les hacía correr a sus casas.

La vida en Trotski era realmente gris y aburrida.
Pero un día pasó algo sorprendente. Por el único camino que conducía al pueblo adonde nadie iba, llegó un pequeño carruaje tirado por cuatro caballos de crines blancas y negras. Parado en la pequeña plaza de casas blancas porticadas, los caballos relincharon y se alzaron en dos patas, de repente se abrió una de las puertas y los habitantes del pueblo estupefactos, vieron bajar del carruaje una niña de ojos azules, melena rubia, gorrito azul y un abrigo de lana roja.





Cal y Neva quedaron maravillados. Nunca habían visto semejantes colores. Decenas de veces abrieron y cerraron los ojos, como si aquella niña fuera una visión que pudiera desaparecer en cualquier momento. Iris, que así se llamaba la niña, llevando en su mano un pequeño maletín de cuero marrón se acercó a ellos y les habló en un idioma que no conocían. 




Cal y Neva aproximaron su mano y tocaron a Iris que les sonrió con la sonrisa más dulce que nunca habían visto. Iris con gestos les indicó que tenía hambre y sed. Neva sin dejar de mirarla la cogió de la mano y la llevó a su casa.

Los mayores del pueblo, sobre todo el alcalde Putin y su vieja madre vieron en aquella niña de brillantes y desconocidos colores un peligro para la pequeña comunidad.

─ Es una bruja ─ dijo la madre de Putin ─una bruja que nos encantará con sus ungüentos mágicos.

Tanto insistió, que Putin reunió a todos los habitantes del pueblo en la pequeña escuela y después de largas deliberaciones, decidieron que la encerrarían en un gallinero hasta que supieran que hacer con ella. 




Mientras, en casa de Neva, Iris abrió su pequeño maletín y sacó varios libros con hermosas fotografías. Por primera vez en su vida Cal y Neva descubrieron los colores.  Fotografías de un sol radiante en islas tropicales. Pequeños pueblos pesqueros con barcas de color blanco y rojo sobre el mar de un azul turquesa. Campos de verdes vides y trigo dorado salpicado con amapolas rojas. Todas las tonalidades de las flores y los frutos, en definitiva el color de la vida misma hizo que Neva y Cal lloraran de alegría.

La madre de Neva les dio de cenar, pero cuando Iris iba a acostarse en una pequeña cama en la habitación del muchacho, Putin con cuatro hombres entró en la casa y se llevó a la niña metida en un saco.

Aquella noche Cal y Neva la pasaron sentados junto la reja del gallinero de Putin. Iris permanecía serena y sonriente como si nada la asustara, pero los niños le llevaron mantas y bebidas calientes. Durmieron a la intemperie hasta que un gallo de madrugada les despertó con su “quiquiriquí”.




Empezaba a llover y unos nubarrones negros amenazaban tormenta cuando Iris les tocó a través de la reja del gallinero. Sonriendo miró al cielo y sus bellos ojos azules irradiaron un rayo de luz tan potente que las nubes se retiraron dejando ver un trozo de cielo azul por donde se coló un tibio destello de sol. En aquel momento un arco de mil colores apareció en el cielo. Iris silbó, y de entre las nubes apareció su pequeño carruaje tirado por los cuatro corceles blancos. La niña atravesó la reja, les dio un beso y subió al carruaje que se deslizó por aquel arco iris de colores hasta perderse en el pequeño agujero azul del cielo.

Cal y Neva junto al gallinero se frotaron los ojos pensando que todo había sido un sueño, pero al llegar a casa encontraron una carta dentro del libro de Iris, que decía:

“Queridos Neva y Cal. No viváis nunca en la oscuridad, buscar siempre la luz en las palabras, en vuestros actos, en vuestras vidas, y seréis felices”.

Cuenta la historia que, desde aquel día, en los veranos del pueblo de Trotski, un sol tibio ilumina los campos.



Sara Laborda                           10-4-18

EL MAR

Alguna consideración le ofende más que la indiferencia, porque es como es si le recordaran continuamente que falta algo y que no puede ser feliz.

Hernan Bas



Era el momento. Se asomaba un cambio en mi vida y quería abandonar una infancia desafortunada, marcada por la ausencia de mi padre. Sentía que la plenitud y el deseo de vivir inundaban mi cuerpo.

Sin imaginarlo, iba a conocer lo que se entendía por amor, aunque ignoraba que era un sentimiento, a la vez subjetivo y apasionado. Probablemente, lo buscaba para ocupar el cariño que no había tenido y ansiaba poder sustituirlo por ese amor adulto, aunque supusiera perder un gran tramo en mi vida. Si lo encontraba, podría resolver las preguntas que me repetía desde mi adolescencia tardía. ¿Lograría amar? ¿Ser amado? ¿Cómo sería ella?





Durante aquel verano, el mar lo era todo para mí. Desde muy niño, cuando lo descubrí en la orilla, me arrodillaba a sus pies. Era un gesto de admiración, dejándome abrazar en su regazo, mientras que arena y agua circulaban entre los pliegues de mi piel, yo intentaba sujetarlo entre mis dedos, que ignoraban su fuerza y la habilidad para irrumpir y serpentear venciendo cualquier obstáculo; quería retenerlo entre las manos, aunque fueran unas gotas, aunque solo fuera una pequeña parte del océano, pero siempre escapaba. 

Todas las tardes paseaba disfrazado de soledad, no dejaba de mirar al ponto azulón calmado, al que no pedía nada y mecía mis pensamientos y al llegar a la orilla, arrojaba la imagen desdibujada de la que sería mi amada.

Durante muchas tardes, la imaginaba caminando por el paseo junto al mar, delimitado por una balaustrada blanca, con  adornos corroídos por el acecho del salitre y alguna lágrima de las parejas de enamorados. Al acercarme, no me podía apoyar, padecía el dolor de no tenerla y sentía envidia de los amantes que, con permiso mutuo, se acariciaban hasta fatigarse y se alejaban al ocultarse el sol. 





Pero ese mes de julio, nos cruzamos por casualidad y a partir de ese día yo favorecía los encuentros, aunque estuvieran injustificados. Quedábamos, me acompañaba a lugares conocidos para mí, que descubría diferentes al estar con ella. En cada uno de esos instantes, aparecía una nueva sensación que me provocaba ternura y deseo. Hasta entonces, al observarla confundida entre los amigos, solo había sido sentido admiración. Con el paso de los días aquella sensación se transformaba, quería estar junto a ella en cualquier instante. Tenía celos de su ropa, del libro que tenía en sus manos y me esforzaba por ocupar el lugar del aire que la envolvía para conseguir sentarme junto a ella. A veces consentía que me acercara, yo lo entendía como una aprobación de mi deseado amor, aunque no había más señales que mi propio afán; en otras ocasiones se producía un gesto de indiferencia que me desesperaba, pero como si fuera la primera vez, volvía a buscar el idilio. 






Siempre dudaba si ella era consciente y disfrutaba con mis intentos de enamorarla. Después descubrí que su carácter le impedía jugar con esas sensaciones, y el tiempo me confirmó que las lejanías se producían por mi falta de madurez en los trances hacia la búsqueda del verdadero amor.

Me acerqué a la orilla y el mar se mecía al ritmo de los recuerdos de mi vida. Ella estaba allí, subida a las guirnaldas blancas de las olas, entre la espuma. Y como el amor más real, venía junto a mí y se ocultaba a cada embate. Casi podía tocarla, pero se alejaba. ¿Quién era el responsable? ¿El mar, o yo?





Yo sería el mar en todos sus matices: tranquilo y sereno, agitado por el Siroco, en tempestad... Exactamente con las mismas variaciones de mi forma de ser. El mar y yo somos inseparables. 

Retweeted Paola Barbagallo (@paoladelusa)





Javier Aragüés (abril de 2018)

sábado, 7 de abril de 2018

LA MADRE QUE SE MORÍA POR TORREVIEJA (Cuento infantil)

Era un país grande, muy grande; tan grande, tan grande, que todos los caballos del mundo cabían en un jardín grande, grandísimo, que tenía en su interior y al que todos sus habitantes llamaban la estepa. En aquel  país vivía un hombre pequeño, muy pequeño, que todos 
llamaban el pequeño Putin. Para el pequeño Putin, su madre era lo más importante, pero siempre después de él. 







La mayoría de los habitantes del país de la estepa no le respetaban, le temían. El pequeño Putin era un hombrecillo fuerte, muy fuerte, al que le gustaba demostrar a sus vecinos, lo fuerte y poderoso que era. Cuentan que con solo un lápiz podía hacer desparecer un país, y así lo hizo cuando mandó a su ejército a la guerra contra un país vecino, simplemente firmando una orden sobre un papel. También contaban que con su voz era capaz de matar a miles de niños, y así lo hacía cada vez que ordenaba a sus aviones descargar las bombas sobre los territorios pobres, donde vivían miles de pequeños indefensos. También tenía los ojos diminutos, como dos granos de arena, nunca los cerraba por miedo a ser traicionado. Por sus pequeñas y afiladas orejas escuchaba todo lo que decían de él; si cuando lo que oía, no le gustaba, desterraba al parlanchín a un territorio muy frío, tan frío, del que nadie regresaba. Decían que tenía un olfato tan fino que distinguía, en cualquier habitación, completamente vacía, si había estado allí algún conejo o cualquier animal que tuviera pelo; y los más exagerados decían que sabía el nombre del animal ¿Y sus pies? Sus pies eran como de juguete: los dos cabían en una cajita de cerillas, que utilizaba como zapatos, casi no podía andar. Se desplazaba siempre en un caballo, pequeño, más pequeño que el póney más pequeño, pero siempre lo hacía por la noche, para que no le viesen y así no sentirse ridículo

Tantas cosas contaban del pequeño Putin que no se sabía si eran leyenda, o realidad, pero todos coincidían en que era un hombre sabio, muy sabio. Y todos  se preguntaban de dónde había sacado esa inteligencia tan prodigiosa.

La única persona que hablaba bien del pequeño Putin era su madre. Era una anciana encantadora. Era muy vieja, tan vieja que estaba arrugada como una pasa. Andaba arrastrando los pies con la espalda curvada. Pero era grande, muy grande. Siempre llevaba unas gafotas tan grandes, que le cubrían toda la cara, y a través de ellas veía todo, hasta lo que pasaba en otros países y las sujetaba en sus grandes orejones, por los que oía todo, todo lo que decían, y sobre todo estaba atenta cuando hablan del pequeño Putin. La anciana era tan grande que no cabía en el palacio del pequeño Putin y había mandado construir un palacio de grandes dimensiones en la estepa. Era tan grande que los árboles crecían dentro y la mitad de los caballos que pastaban en la estepa dormían en su interior.







El pequeño Putin cuidaba mucho a su madre y procuraba tenerla siempre a su lado. Como vivía en la estepa, la guardia iba todos los días a buscarla y la llevaba cada día junto a su hijo. Para ello había mandado construir un trineo gigante. Estaba fabricado de madera y habían necesitado cortar más de 100.000 árboles de la estepa, por eso era tan desértica. No regateaba esfuerzos para tenerla junto a él. Cada vez más, los habitantes del país pensaban que las buenas cualidades de Putin se debían a las facultades de su madre. Creían que si moría, el pequeño Putin dejaría de ser tan fuerte y perdería el poder.  






Pasó el tiempo y durante muchos inviernos a penas salía el sol. Los inviernos eran cada vez más duros. La madre del pequeño Putin comenzó a padecer una enfermedad en la piel. Al no recibir los rayos del sol perdía las facultades por la que la admiraba el pequeño Putin. Cada día que pasaba veía peor, no era capaz de distinguir a su hijo cuando estaba delante de ella y era incapaz de diferenciar un trueno de un portazo. El pequeño Putin,  alarmado, hizo traer a los mejores médicos del país. Pasaron semanas deliberando hasta encontrar la solución. Cuando la tuvieron se lo dijeron. 

Tenía que llevar, con urgencia, a la anciana a un balneario de una pequeña población, en un país insignificante comparado con el del pequeño Putin. Allí había sol, casi todos los días del año. Pero eso significaba que el pequeño Putin, si no quería abandonar a su madre, tenía que dejar el país  en manos de un consejo de ancianos. 



Pasaban días y días y el pequeño Putin no se decidía. Tanto tiempo pasó, que la madre se puso muy malita y la enfermedad podía con ella. No veía nada, ni oía; ya no podía ayudar al pequeño Putin, que perdía sus facultades con la misma velocidad con que lo hacía su madre. Dudaba entre permanecer en el poder o acompañar a su madre, a ese país donde brillaba el sol. El estado de la anciana se agravaba por momentos y casi le imploraba. Por fin, decidió ponerse camino a Torrevieja, y acompañar a su madre. Además del consejo que le habían dado los ancianos le parecía que el nombre del pueblecito estaba destinado a su madre, por su tamaño y por la edad. Repetía un y otra vez: torre vieja, torre vieja. Sí, pero tenía que dejar al consejo de ancianos al frente del país para que lo gobernaran. Pero el consejo, al ver como se había comportado con la madre, se negó y no pudo dejar el país.


La madre del pequeño Putin murió, él perdió todas sus facultades y por tanto el poder.
A partir de ese momento, el consejo y todos los ancianos del país decidieron establecerse definitivamente en Torrevieja. Al cabo de unas semanas, a todos les cambió la piel, que se volvió de color bronce y no tenía arrugas.

Cada día que pasaban en aquel lugar, eran más felices, más fuertes, más guapos y muchos de ellos continuaron sus negocios. En el nuevo país no se despreciaba a las organizaciones que para defender sus intereses no utilizaban demasiados escrúpulos. Por eso algunos se encontraban como en casa.


Javier Aragüés  (abril de 2018)




EL ESTETOSCOPIO, UN APARATITO ENCANTADO (Cuento infantil)

Roser era médico y adoraba a los niños. Pasaba consulta en uno de los hospitales más importantes de Barcelona y estaba casada con Agustí, un hombre más bueno que el pan. A los dos les gustaban mucho los niños, pero no tenían hijos. 


Tenía una enfermera que se llamaba Marta  y estaba en el hospital con ella desde que había ido a vivir a la gran ciudad. Conocía a Agustí, los dos eran de un pueblecito cerca de Barcelona, por eso y por lo bueno que era Agustí, trabajaba con la doctora Roser.

Marta tenía malas pulgas. Como enfermera no sabía mucho, por eso la doctora tenía que decirle cómo hacer las cosas y la regañaba muchas veces porque no se portaba bien con los niños.

Todos los jueves, a las diez de la mañana, la doctora Roser pasaba consulta a niños enfermos de los pulmones o del corazón. Era precioso ver cómo, con mucho cuidado, cogía un aparatito con sus manos, tenía un nombre muy raro. Los mayores lo llamaban estetoscopio, pero los niños decían el aparatito. Roser separaba las varillas que tenía, que eran de un metal de brillante, colocaba los extremos del aparatito en sus oídos y lo ponía sobre el cuerpecito del niño, que como estaba frío, daba un pasito atrás. Con muchísimo cuidado, como si fuera una bailarina de ballet, acercaba otra vez el aparatito poniendo su mano en el pecho del niño y el pequeño se dejaba que le mirara la doctora Roser. El aparatito parecía tener vida cuando estaba en sus manos, era como si la conociera y trabajara por su cuenta. 

La doctora Roser no se cansaba de cuidar a los pequeños. Si al poner el estetoscopio, que ya se movía solo, se paraba sobre el pecho del niño, ponía la cara triste y hacía un puchero, pero a la vez ponía una sonrisa para no asustar al niño.  





Roser tenía fama como doctora. Muchas veces había curado a los niños y les había salvado la vida. La doctora Roser estaba rodeada de leyendas pero había una que asombraba a todos: Decían que tenía un poder especial con el que podía curar a los niños que estaban muy malitos. Contaban que un día se dio cuenta que un niño tenía algo en el corazón. Enseguida su cara se entristeció y se puso pálida, cogió el aparatito encantado con sus dedos y le dejó que pasara varias veces el pecho del niño, pero de repente cambió su cara, ya no estaba preocupada, y suspiró. Tenía  una sonrisa que tranquilizó a la madre del pequeño: dejaron de escucharse los ruidos que avisaban de que el niño estaba enfermo.

Cuando los niños iban a su consulta, Marta siempre miraba a la doctora.  Quería aprender para ser como ella. Quería hacerlo, pero la envidia no le dejaba. Se le ocurrió que podría ser como ella si tenía un aparatito como el de la doctora y se compró uno igual, sin decírselo a la doctora Roser. Estaba deseando probarlo.

La doctora Roser nunca faltaba a su consulta, pero un jueves se sintió indispuesta. La consulta estaba tan llena que no cabía un alfiler. Entonces Marta les dijo a unos padres que estaban esperando con su hijito que pasaran, pero sin decirles que la doctora  estaba enferma. En la consulta hacía como si la doctora Roser no hubiese faltado. Se hacía la simpática, ponía la misma cara que ella pero se notaba que no estaba segura, que no sabía qué hacer. Para disimular dijo a la madre que le quitara la camisetita al niño. El pequeño se sintió sin protección frente a la enfermera Marta, a la que le temblaban las manos y no acertaba a sujetar el aparatito acústico que se había comprado . Al cogerlo le parecía que pesaba como si fuera de hierro macizo. Como pudo lo acercó a la piel del niño. El niño se escapaba, no quería que Marta le sujetara. Ella lo agarró con fuerza y le hizo daño. El niño se puso a llorar y temblar de miedo. Marta, la enfermera, le soltó.  No sabía qué hacer, acompañó a los padres hasta la puerta y quiso dar un beso al niño, que le aparto la cara. 

Ahora le tocaba pasar a otro niño. Marta la enfermera hizo lo mismo que con el anterior, pero le trato con más cuidado, el niño se dejó poner el aparatito en el pecho. Escuchó por el aparatito y le pareció que tenía alguna cosa fea en el corazón. Entonces quiso hacer lo mismo que la doctora Roser, y frotaba y frotaba el aparatito, lo apretaba contra el cuerpecito del niño, pero el estetoscopio no se movía y seguía escuchando ruidos. No había curado al niño. La cara de Marta, la enfermera, se puso roja como un tomate, y salió corriendo de la consulta. 

No sabía a dónde ir. Entonces se le ocurrió pedir ayuda a la doctora Roser. Llamó por teléfono a su casa y le contestó su marido Agustí, que estaba con ella. En seguida pensó que sería más fácil hablar con él, los dos eran del mismo pueblo.

Agustí, el marido de la doctora Roser, le dijo:

       La doctora Roser está dormida, le duele la barriga. ¿Qué quieres?

 Marta le contó lo que había pasado.

       Como no había venido la doctora Roser y la consulta estaba tan llena, que no cabía ni un alfiler, me puse a ver a los niños.

Entonces Agustí, el marido de la doctora Roser, le preguntó, un poco preocupado:

       ¿Y qué les has hecho?

       No, no, yo nada —le contesto Marta, la enfermera, con voz de tartamuda.

       ¿Cómo? —le volvió a preguntar Agustí, algo más preocupado.

       Bueno, a dos niños les pasé el aparatito, ese que tiene la doctora, pero no se dejaban y se pusieron a llorar

       ¿El aparatito de la doctora Roser? —le preguntó muy extrañado el buenazo de Agustí.

       Sí, sí, el mismo —contestó Marta, la enfermera.

Agustí estaba muy enfadado. No se pudo contener y le dijo a Marta la enfermera, gritando.
  
       ¡No dices la verdad! Me estás mintiendo. El aparatito que has cogido no es el de la doctora Roser.

Muy enfadada Marta, la enfermera le contestó:

       ¿Y tú como lo sabes?

       Porque la doctora Roser jamás deja su estetoscopio a nadie, nunca se separa de él. Y la otra cosa, la más importante, porque el aparatito de la doctora Roser está encantado y todo lo sabe hacer solo.

Desde ese día Marta tuvo fama de mentirosa en el hospital y dejó de ser la enfermera de Roser.




Javier Aragüés  (abril de 2018)

miércoles, 4 de abril de 2018

EL ESTETOSCOPIO, UN APARATITO ENCANTADO

Cecine era una pediatra que adoraba a los niños. Pasaba consulta en uno de los hospitales de referencia de la ciudad de París y estaba casada con Didier que era más bueno que el pan. Los dos tenían una debilidad especial por los pequeños, aunque no podían tener hijos. Nicole era su enfermera y la persona con la que pasaba la mayor parte del tiempo. Trabajaba con Celine desde que había ido a vivir a la gran ciudad. Conocía a Didier, los dos eran de Bobigny, un pueblo cerca de París; por eso y por lo bueno que era Didier,  Celine la había contratado como enfermera. 

Nicolle tenía malas pulgas y era una enfermera muy corriente, por eso la doctora la tenía que decir como hacer las cosas y la regañaba muchas veces.

Todos los jueves, a las diez de la mañana, Celine pasaba consulta a niños enfermos de los pulmones o del corazón. Era precioso ver cómo, con mucho cuidado, cogía el aparatito con sus manos, separaba las varillas de metal, colocaba los extremos en sus oídos y lo ponía sobre el cuerpecito del niño, que como estaba frío, daba un pasito atrás. Celine, con muchísimo cuidado, como si fuera una bailarina de ballet, acercaba otra vez el aparatito poniendo su mano en el pecho y el pequeño se dejaba.

El aparatito parecía tener vida en sus manos, era como si la conociera y trabajaba por su cuenta. 


La doctora no se cansaba de atender a los pequeños. Si al poner el aparatito se paraba sobre el pecho del niño, ponía la cara triste y hacía un puchero ya la vez sonreía para no asustar al niño.

Celine tenía fama como doctora. Muchas veces había curado a los niños y les había salvado la vida. La doctora estaba rodeada de leyendas pero había una que sobresalía. Decían que tenía un poder especial que le permitía curar a los niños con enfermedades muy graves. Contaban que un día, al detectar una alteración en el corazón de un niño, su rostro se desencajó, parecía atorada. Empapada en sudor frío, cogió la membrana del estetoscopio entre sus dedos y con convicción, la pasó varias veces por la zona que creía afectada, hasta que cambió su cara, desapareció la preocupación y se concretó en un profundo suspiro acompañado de una sonrisa tranquilizadora. En ese momento dejaron de escucharse los ruidos que parecían provenir de un soplo.

Nicole observaba con atención a la doctora en cada exploración, se mostraba asombrada y con ansias incontenidas de aprender, a las que no ponía límites, salvo los que le imponían su propia envidia. Trataba de imitarla. Sin saberlo la doctora, llegó a comprarse su propio estetoscopio. Soñaba con que un día podría utilizarlo.
  








Celine nunca faltaba a su consulta, pero ese jueves se sintió indispuesta por un trastorno intestinal pasajero y no acudió. La consulta estaba a rebosar, entonces Nicolle invitó a pasar a unos padres que esperaban con su hijo, sin decirles que no estaba la doctora. Intentaba comportarse como si fuera Celine. Fingía ser amable, imitaba sus gestos, pero su inseguridad y su mal carácter la traicionaban. Pidió a la madre que desnudara al niño de cintura para arriba, el pecho del pequeño se mostraba
Indefenso, expuesto a Nicolle a la que le temblaban las manos y no acertaban a sujetar el instrumento acústico. Al hacer el gesto, para separar los arcos metálicos, le pareció sentir que ofrecían una resistencia infinita. A duras penas consiguió acercar el aparato a la piel del niño, que desconfiaba. Le intentó sujetar con brusquedad para auscultarle, el niño al sentir su mano, se puso a llorar desconsolado, temblando de miedo. Nicole desistió, no sabía cómo  reaccionar, acompañó a los padres e intentó dar un beso al niño que no se dejó. 







Ahora le tocaba pasar al siguiente niño, con el que tuvo algo más de fortuna, le auscultó y le pareció detectar una lesión, en apariencia grave según ella. Decidió dar un paso más, y tuvo la osadía de intentar curarle. Trató de imitar a la doctora. Frotaba y frotaba la membrana, presionando en exceso sobre el pecho del niño, hasta enrojecer la zona, pero los síntomas permanecían y continuaba escuchando los ruidos chirriantes y ásperos provocados por el soplo en el corazón. Se desencajó su semblante, apenas podía disculparse y avergonzada, abandonó la consulta de forma precipitada.

Intentó contactar con la doctora. Llamó por teléfono a su casa, contestó Didier. Se sintió aliviada, con él tenía más confianza; le preguntó por el estado de Celine.

— ¿Cómo se encuentra la doctora? — preguntó, con voz de compromiso.

—  Está adormilada. ¿Qué quieres?

Sin esperar más, falseando la verdad, le dio su versión de lo ocurrido.

— Aproveché la ausencia de la doctora para ordenar el despacho, pero tuve que dejarlo, la consulta estaba de bote en bote, e intenté atender a los pacientes como pude.

— ¿Había muchos niños? —preguntó Didier, preocupado.
— La mayoría, pero solo atendí a tres.

— ¿Qué hiciste?

— Intenté explorarlos como había visto hacer a la doctora, pero me resultó imposible, no conseguía tranquilizarlos, se asustaban.

—  ¿Utilizaste el estetoscopio?  —preguntó Didier alarmado.

— Sí, sí, tal como lo hacia ella. 

— ¿El estetoscopio de Celine?

— El suyo, por eso no lo entiendo.

— Nicolle, de lo que cuentas algo, o todo, no encaja. Celine jamás abandona su estetoscopio, no se lo deja a nadie. Sabes lo importante que es para ella, siempre lo lleva consigo, de hecho lo tiene aquí, en nuestra casa.


Javier Aragüés  (abril de 2018)











viernes, 16 de marzo de 2018

LA VOZ

La voz se encaró con la rata, único vestigio de vida en el decadente inmueble. 

— Buenos días —dijo.

— Eres puntual. ¿Estás dispuesto a conversar?

— Un día caerás en el cepo y no volverás a saludarme.

—Es difícil. Noto el olor de cada vecino y antes de probar los trocitos de queso que hay en el cepo, sé quien les ha puesto la mano encima. 

— ¿Puedes explicarme a qué huelen?



— Los del primero a ignorancia, pasan y no dejan rastro. Los del segundo van impregnados de efluvios a avaricia, no son capaces de saciar sus ansias de poseer sin compartir, no saludan y se rodean de un tufo de insatisfacción. La pereza salpica a todos. Solo la lujuria me confunde con un olor nada frecuente que se concentra en los pisos más lujosos, pero hace meses que no huelo a nada

Un fuerte portazo ahuyentó al roedor, que corrió a su escondrijo bajo las maderas del peldaño más cercano, mientras que la voz se ocultó tras la puerta del ático y se zanjó la charla.

Elvira la inquilina del piso tercero salía de casa. Descendía agarrada al pasamano. Cruzaba armoniosamente las piernas.  Solo la limitaba su falda, muy ceñida y con una larga abertura al dorso. Daba un pequeño giro a la punta del zapato, cada vez que notaba el contacto con el escalón, para asegurar un gesto elegante. 
Deseaba encontrarse con algún vecino. Pese a sus taconazos y suspiros el encuentro parecía imposible. No coincidía con nadie. Llegaba a pensar que el inmueble estaba desocupado. 


El centro de la silenciosa escalera estaba vacío para alojar un ascensor que nunca había existido. Desde el garito de la portería, el hueco parecía una siniestra chimenea.

Elvira creyó escuchar cómo se abría lentamente la puerta del ático, al son del rechinar de los oxidados goznes.

En el bajo se encontró con la portera. Tenía las manos en la cintura y los brazos separados. Estaba plantada delante de su cuartucho, provocando una charla.

— Tan guapa como siempre.

— ¿Usted conoce al nuevo inquilino del ático? Acabo de salir de casa y este edificio parece una tumba.

—Yo no. Creo que llegó el lunes por la tarde, a última hora.

— ¿Quién se lo ha dicho?

— Mi marido. Pero no me fío, se pasa el día adormilado. Es como si no existiera.



Frente al portal paró un taxi, se aposentó en el asiento trasero e introdujo las dos piernas con habilidad, para no enganchar sus medias y mostrar hasta donde le parecía discreto. Indicó al taxista el nombre de un parque y el coche partió dejando una nube densa de gases grises por el fuerte acelerón.

Un soplo de aire abrió lentamente la puerta del ático y entre las maderas del peldaño deformado, la rata, asomó su hocico puntiagudo sobre dos dientes repugnantes.

La voz le advirtió. 








— ¿Ya estás aquí otra vez?

— Como nadie nos oye, he salido.

— Pienso en ti. Me entristece verte tan solo. 
¿Te has fijado en la chica de la falda?

— La he oído partir.  

— ¿Por qué te encierras?

— Prefiero pensar, ordenar mis sentimientos para relacionarme. Para mí, estar solo es una elección y está relacionada con la 
insatisfactoria vida exterior. Es más fácil estar contigo, me ayuda a conocerme.

— Elvira se interesa por ti.

— Solo sé que ha dado un portazo al salir de su casa y se ha parado a hablar con la portera. No sé nada más.

— Es un alma solitaria como tú, parecéis   diferentes pero algo os une. 

— ¿Por qué dices eso?

— Está sola pero elige los momentos para relacionarse, con la diferencia de que ella no quiere pasar desapercibida y tú sí.

—  No soporto vivir con la carga de no saber querer. He perdido el amor. No quiero mostrar la poca humanidad que hay en mí, ni llamar la atención; me oculto, pero me apasiona que hablen de mí. Tengo que asumir mi estado y vivir encerrado en mí retiro. En libertad, soy un riesgo.

Se oyó un murmullo en el portal. Elvira había vuelto y ejecutaba los mismos gestos. Su taxi se detuvo delante del edificio, ella se inclinó hacia el conductor para pagar, cerró el bolso, sujetó su falda con la otra mano, puso los pies en la acera, se incorporó y salió del taxi. 

¿Elvira?


Aunque la portera la abordó, Elvira aceleró el paso y zanjo el encuentro con un: "Mañana le contaré". No se detuvo. Decidida a conocer al nuevo inquilino, subió al ático y llamó a la puerta entreabierta, que cedió.

Una rata salió del piso y se escondió bajo las maderas de un peldaño.
Elvira dio un grito.
Del interior del apartamento una voz densa y esponjosa la llamó por su nombre. Y aquella suave voz qué en un principio, le susurró al oído… beso sus labios… acarició su espalda, se convirtió en una aguda voz de cristal, que, con ansia, rasgó su vestido… desnudo su cuerpo… y apasionadamente la poseyó.

A la mañana siguiente, Elvira despertó en su casa. Se vistió como acostumbraba y descendió a golpe de tacón hasta toparse con la portera.

 —  Disculpe ayer venía muy cansada y no me entretuve en saludarla— le dijo.

—  —No tiene importancia señorita Elvira, solo quería decirle que no entendí bien a mi marido.  Por la noche me dijo que el nuevo inquilino del ático, no vendrá hasta dentro de dos semanas.



Sara Laborda y Javier Aragüés (marzo de 2018)