martes, 13 de febrero de 2018

EL CONDUCTOR

Un gusano de luz se arrastra a gran velocidad llevando en sus entrañas a seres indefensos condenados a una vida que se va apagando en cada traviesa y se agota en cada reflexión. El traqueteo del convoy apacigua a los más tenaces que terminan conformándose con lo que se ha convertido su proyecto vital: deambular sin descanso y sin objetivos.




Soy conductor de metro. Me deslizo por la vida y procuro no detenerme en las estaciones donde se oculta la frustración. Mi trabajo se desarrolla por el interior de un conducto de cemento por el que recorro las vísceras  de la ciudad. Aquí abajo, en el subsuelo, se equiparan los sueños, se vive con la misma ansiedad y la soledad invade cualquier escondrijo a salvo de la melancolía. Huyo de la pesadumbre de los días, busco en cada andén un vestigio de existencia que anuncie vida, pero solo distingo formas inertes. Siempre me tropiezo con la vacuidad. 






Cada mañana, cuando conduzco el convoy, un supervisor está junto a mí, vigila cada gesto, condiciona mis movimientos y me hace virar a su antojo. Dice que sus indicaciones responden a la lógica para discurrir por los hechos sin sobresaltos: "todas se ajustan a la norma para evitar percances". Entiendo la obligatoriedad del precepto para eludir riesgos, pero me limita y me impide transitar por la vida con convicción.

El interventor no asegura la felicidad en todos los trayectos, ni a mí, ni a los pasajeros, pero garantiza que sí sigo sus instrucciones, saldré indemne del recorrido. Al pasar por las estaciones, me obliga a regular la velocidad hasta detenerme y volver a arrancar, apenas sin pausa, lo que impide deleitarme con el aspecto del andén, del que forman parte los pacientes viajeros. Las personas que viajan se ven presionadas por la voz artificial que refuerza la señal acústica que anuncia el cierre de las puertas: 
“Antes de entrar dejen salir”. Pasa todo tan rápido que solo puedo prestar atención a las instrucciones del jefe de tren.  

Me entristece tener modulada la velocidad por la que circulo por la vida y tampoco me siento libre para  detenerme. No puedo observar con calma a los que se sitúan en los andenes.

Algunas veces deseo hablar con algún viajero que está esperando el tren, pero cuando sube se diluye entre el resto de la gente y pierdo toda posibilidad de que me pueda decir lo que siente, porque solo pronuncia el silencio.

De los viajeros, no sé nada. Ignoro si son libres para coger este tren, tampoco  lo que opinan  del comportamiento del resto de pasajeros. Es fácil adivinar que casi todos suben sin rechistar a su vagón, sin precipitación pero con la máxima rapidez.







Me preocupa el número de estaciones que faltan para llegar a la última. Cuando pregunto al supervisor, persiste en su deseo de abstracción y responde: "faltan n+1, siendo n todas las que tenemos que recorrer hasta llegar a la penúltima". Es un trayecto endiablado en el que nada cambia. Entre los viajeros persiste el tedio y se agudiza el silencio. El conformismo se instala en todas la unidades del tren, nadie opina ni se queja. El desinterés crece con la duración del trayecto y se hace crítico al aproximarnos a la estación n.

Al llegar a una estación de las muchas del recorrido, en el andén, hay una mujer y una niña cogida de la mano. Parece que son madre e hija. El supervisor me ordena detener el metro. Las dos, rodeadas de murmullos, suben al vagón situado en cabeza. Los pasajeros les hacen sitio. La niña, de unos doce años, tiene ojos oscuros y tristes, grandes como sus ansias de aprender; la boca perfilada para vocalizar con rotundidad y manos expresivas, que se mueven al compás de sus palabras. 

Comienza a hablar, la escucho desde mi cabina. Entre el silencio del pasaje y el golpeteo de la ruedas sobre los raíles, destaca la voz de la pequeña que pregunta a  su madre.

— ¿A dónde vamos?

 — Este metro nos lleva hasta el final del trayecto. Si un viajero se siente fatigado o indispuesto, puede bajar en la siguiente estación, pero no podrá volver a coger el tren.

—  Pero nosotras, ¿por qué viajamos en metro?

—  Porque es el medio más rápido para ir de un lugar a otro.

— A mí no me gusta ir tan de prisa. Prefiero caminar bajo el sol y las nubes, sentir las gotas de lluvia y respirar entre las plantas. 

En la siguiente parada, la niña comenta las imágenes de los anuncios del andén. Ninguno de los viajeros se ha detenido a mirar.

— Mira mamá ese parque está lleno de niños. Están jugando y sus abuelos ríen sentados en los bancos. Me gusta ese letrero que dice: VIVE LA VIDA QUE QUIERES VIVIR. O ese otro: IMPOSIBLE NO ES NADA. Me gusta, mamá.

— A mí también hija.

Al oír a la nena descubro que no tengo ojos para admirar la belleza de la infancia, tampoco para disfrutar de la quietud de la madurez, y que se me ha olvidado vivir. 

Salvo la niña, el resto de los pasajeros permanece en silencio. Lentamente, sin fuerzas, se van agolpando en las puertas de salida. La voz artificial que refuerza la señal acústica anuncia que estamos llegando a la estación n. La mayoría de viajeros se disponen a bajar. Mientras voy reduciendo velocidad pienso en el final. Deseo que la pequeña no descienda hasta la estación n+1 para poder hacerlo con ella y pasar a ser conductor de la vida. 


Javier Aragüés (febrero de 2018)







miércoles, 7 de febrero de 2018

PASAIA

La humedad dominaba el puerto y reposaba en los brazos mecánicos de las grúas que cortejaban a la flota pesquera y a los escasos mercantes. Alguna bocina disonaba en la bahía tranquila y recibía con calma el caudal del río Oyarzun, que señoreaba en el lugar desde hacía siglos y hacía compatible sus aguas, con las salobres y algo domadas del Cantábrico, en el fondo de la ensenada. 





Los reflejos de los colores vivos: rojos, blancos y verdes, característicos del País Vasco, dominaban la superficie del agua y se imponían sobre los cascos de la mayoría de las embarcaciones. El cielo melancólico, el ambiente empapado y el olor a mar invadían la población donostiarra. Se formaban pequeñas gotas de agua sobre todos los elementos del paisaje que enclaustraban el aire y recordaban  cómo se sentían algunos en esa tierra.

Gorka acudía puntual a la cita, había quedado con los componentes de su cuadrilla a tomar unos vinos después del "currelo", hasta que se hiciera la hora de la cena. Los recibía en el embarcadero. El primer gesto era alargar el brazo hasta asir uno de los pasamanos húmedos de la barca, eso le hacía sentir que la amistad estaba cerca. Siempre empezaban la ronda por la taberna más próxima al muelle que enlazaba los dos Pasajes (Pasaia), San Pedro y San Juan; era inimaginable la bahía sin la presencia de la pequeña barca a motor, que solo se detenía para embarcar y desembarcar
 pasajeros y los llevaba  de una a otra orilla, sin alterar el paisaje. 

La mayoría de sus amigos eran de Pasajes San Pedro, pero acudían al otro lado de la ría porque encontraban aquella orilla y el pueblo más euskaldún (vasco). Andoni era su mejor amigo. Pertenecía a una familia de pescadores, aunque él siempre empleaba el término arrantzales, para  recalcar que algo diferente había entre ser pescador vasco y un mero capturador de pescado. Su padre y sus tíos se embarcaban desde siempre, para ir a faenar el bacalao a Terranova, en Canadá. Lo hacían en otoño y no regresaban hasta acabar la primavera.



Vista del puerto de PASAIA


Andoni conocía bien la historia  y alardeaba de sus antepasados. Decía: "desde 1525, vamos a buscar el bacalao y ahí está la primera armadora pesquera del país, Pesquerías y Secaderos de Bacalao de España S.A, la P.Y.S.B.E, que es de Pasajes". Esta historia le encantaba repetirla, recordaba perfectamente el año y ponía  mayor énfasis si estaba delante algún forastero; pero corrían los años setenta, las reservas marinas se agotaban y el sector entraba en crisis, las leyes de protección de especies y caladeros cuestionaban esta industria pesquera.

Lo que en aquellos años setenta estaba en auge, entre los jóvenes, y los no tan jóvenes, era el sentimiento nacionalista vasco, llevado a sus últimas consecuencias. La organización ETA, Euskadi Ta Askatasuna, en euskera, País Vasco y Libertad, en español era una organización terrorista, nacionalista vasca, que se estaba extendiendo por todo Euskadi. Alcanzaba gran simpatía en sus comienzos por su marcado carácter antifranquista para después de los años pasar a ser sinónimo de muerte. Andoni simpatizaba con los miembros de la banda, y yo también. En la calle se simplificaban las cosas y al final lo que importaba era si te considerabas, y te consideraban, abertzale (patriota) o no. Andoni era intelectualmente, muy simple y esquemático. Buscaba reducir la complejidad de las cosas a un bueno o malo, o si es que había que pensar: a un sí, o un no, sin argumentos, Eso tampoco distaba de lo que la sociedad vasca quería entender para soportar la ya incipiente irracionalidad. 


Aunque Andoni hablaba euskera, entre nosotros hablábamos en castellano salpicado de algunas palabras sencillas en vasco que todos conocíamos, al margen del manoseado y respetado agur. 

Aquella tarde  después de hacer la ronda por los bares de Pasajes San Juan, cruzamos la ría con la motora hasta el otro Pasaia. Al bajar en el amarradero, Andoni esperó a que el resto de la cuadrilla se hubiera ido. Entonces me pasó el brazo sobre mi hombro y me llevó hasta su casa. Subimos la escalera exterior del caserio y al agarrar la barandilla, sentí las gotas que anunciaban la presencia de la inseparable humedad y la sensación de sigilo. 





Foto de Mónica Aragüés




En la entrada nos esperaban su padre y sus tíos. En el salón, una luz tenue anunciaba la gravedad de la reunión. Tomó la palabra el padre.

—Gorka, para mí eres un hijo más. Sabes que Euskal Herria, nuestra patria, está atravesando  momentos difíciles y reclama a sus hombres, los verdaderos gudaris (soldados vascos) para que acudan en su ayuda. 

Andoni se atrevió a hablar y preguntó.

— ¿Qué quieres de nosotros?

— Es el momento de luchar por la tierra de los aitas (padres). Si nos pide un sacrificio debéis estar orgullosos de estar entre los elegidos. Los grupos de lucha necesitan combatientes jóvenes como vosotros, dispuestos a llegar hasta el final.

Tanto Andoni como yo entendíamos que nos estaban pidiendo pasar a formar parte de los comandos armados. Sabíamos que existían, pero nos veíamos muy lejos de formar parte de ellos, no nos habíamos planteado comprometernos hasta ese extremo. 

Miré a una de las ventanas y la lluvia se retenía en el marco, sobre los cristales. Las gotas expresaban el cautiverio, pero también la naturaleza viva.

A la vez, los tíos de Andoni, con gesto serio, cerraban sus puños y añadían patetismo a las palabras épicas del padre.

Andoni, atónito, hizo un sobresfuerzo para comportarse como un hombre cabal, desconocido para mí. Miró a su padre y habló por los dos.

— Aita, nos estás pidiendo algo que puede cambiar nuestras vidas y expulsarnos de la sociedad. Yo no te puedo contestar y Gorka, creo que tampoco.

La reunión no acabó aquí, padre y tíos siguieron insistiendo hasta que a la media noche Andoni me acompañó a la barca con sensación de haberme llevado a una encerrona. 

Los días transcurrieron con normalidad tensa, bajo el sirimiri; hasta que una tarde Andoni cuando estábamos de nuevo los dos a solas, me sujetó por el hombro; yo, timorato, intenté separarme.

— ¡Gorka! espera. Se me ha ocurrido una idea para evitar esta añagaza. Desaparezcamos. No sabrán si nos hemos unido a algún comando.

Aunque la propuesta, era arriesgada no parecía un disparate. Al día siguiente después de tomar unos vinos con la cuadrilla, los dos, nos dirigimos a Trincherpe; un barco salía para pescar la merluza en el Golfo de Vizcaya y tocaría puerto en Capbretón, en la región de las Landas. 


En  la madrugada fría y húmeda, divisábamos tierra. Con marejadilla, algunas olas salpicaban la cubierta. Cogí por el hombro a Andoni y con la otra mano me agarré con fuerza a la barandilla de popa. Estaba empapada y cubierta de gotas de agua. Eran las de siempre, pero esa mañana anunciaban la libertad.                                



  Javier Aragüés (febrero de 2018)

sábado, 3 de febrero de 2018

LA PEONZA

Ramonín era un hombre corpulento y entrado en años, me recordaba al leñador bonachón que aparecía en casi todos los cuentos con un bosque encantado. Tenía el pelo corto y blanco, cejas pobladas del mismo color y labios sonrosados y carnosos. Pero lo que le distinguía eran sus manos mayúsculas, como verdaderas palas.

Yo le veía como a un gigante bondadoso que corría en auxilio de los desdichados. 

Como si me fuera a contar un cuento decía:



la peonza 


—Vamos a jugar a la peonza. Es un juguete antiguo, muy antiguo. Jugaban mis abuelos, los abuelos de mis abuelos, y los abuelos de los abuelos de mis.., estoy seguro de que te gustará. 

Aquella tarde sacó un objeto de madera de uno de los bolsillos de su chaqueta, extendió su manaza y me lo ofreció:

—Ten Luisito, —yo muy atento, agarré con una mano el objeto de madera, macizo y en forma de pera, acabado en punta metálica—,  sujétalo entre tus dedos.

—¿Así está bien?

— Por ahora sí. Esta cosa se llama peonza, otros la llaman trompo. Tienes que aprender a cogerla. Pon el dedo índice, en la parte más ancha y el pulgar  en la punta de hierro del otro extremo— dijo muy serio.

Yo inseguro, le miraba con la peonza entre mis dedos, buscando su aprobación. Él me corregía de manera protectora, una y otra vez, hasta que exclamó: 

—¡Así! ¡Así! Aprieta bien los dedos, no se te puede escapar.

Yo hacía lo que podía, cerraba fuerte los ojos para subrayar el esfuerzo, y a pesar de eso se me caía más de una vez. 

Me ensimismaba el cuidado que ponía en las explicaciones y el cariño con que me enmendaba. Tras varios días de enseñarme a cogerla y a familiarizarme con el juguete conseguí que no se me cayera.

Una tarde, después de clase y en su casa, a la que acudía después de hacer los deberes, mirándome con sus ojos fatigados, me dijo:

— No hemos acabado. Ahora tienes que prestar mucha atención. No hace falta que la aprietes, basta con que la sujetes. 

Me dio un cordel.

— ¿Qué hago?

— Tienes que enrollarlo por completo alrededor de la peonza, empezando desde la punta. Lía la cuerda alrededor del trompo, una vuelta y otra, sujetándolo con el dedo pulgar, y con la otra mano sigue enrollándolo en círculos hasta recubrir toda la peonza. 
Cuando hayas acabado, coloca el dedo pulgar en la punta metálica y los dedos índice y corazón en la parte superior del trompo, apretando fuerte los tres. Es importante que la cuerda quede enganchada entre estos dos dedos. Te he puesto una moneda de dos reales con un nudo para que la sujetes. Todo esto es necesario para prepararte porque la tienes que lanzar, y al hacerlo  no se te puede escapar —me explicaba sin detenerse y a la vez, de manera pausada.

Todo lo que me decía Ramonín, para mí era lo más importante que me estaba ocurriendo desde hacía años. Tenía la misma sensación que cuando fui al cine por primera vez, mi madre me lo prometía pero nunca llegaba el momento. 


Él y su mujer, Doloritas, así la llamaba, eran mis vecinos; un día me llevaron al cine. Ella encarnaba a una anciana de cabello albo, débil y recogido en forma de rodete apretado, en lo más alto de su escaso entendimiento que quedaba compensado, con creces, con la bondad que cultivaba. Para mí, eran los abuelos que no había tenido.

Yo era un niño gordito, no muy alto, se reían de mí y de mi escasa habilidad en los juegos habituales de los chavales de esa edad; y yo pensaba que si aprendía a hacer bailar la peonza podría ser respetado.  

Ya estaba dispuesto para alcanzar la destreza que me iba a permitir codearme con los compañeros del colegio que, como poco, me ignoraban. 

Ramonín, era consciente de los malos ratos que me hacían pasar los chicos de mi clase y de que no tenìa amigos. 

En un tono más serio de lo habitual, para remarcar la importancia de lo que me iba a contar, me acercó hacia sí, con sus poderosos brazos.

— Ramonín, ¿ahora que hago?

— Antes de lanzar la peonza la sujetas en la palma de la mano y agarras el extremo del cordel con la moneda entre los dos dedos, el índice y el corazón. Como te he dicho, con fuerza, para que no se escape al lanzarla, colocas el dedo índice en la parte superior y el pulgar en la punta,— en cada frase me cogía con su manaza, que guiaba y rodeaba completamente a la mía— : ya puedes lanzar el trompo. ¡Tira fuerte del cordel!








Aunque se hizo un silencio, la expresión en su rostro reflejaba que yo estaba a punto de ser respetado.


En la peonza que me había regalado Ramonín había pintado círculos de distintos colores sobre la madera. Cuando la lanzaba y conseguía hacerla bailar, en su movimiento, los círculos se convertían en infinidad de collares que se terminaban reduciendo a un punto, en la punta de la púa, y continuaban en un eterno movimiento inagotable como mis sueños. Al contemplarla, me veía esbelto y rodeado de amigos, todos jugando con nuestras peonzas que bailaban sin detenerse.

Ramonín me había prometido enseñarme algún nuevo truco cuando dominara bailar la peonza. Seguí practicando todos las tardes.

Despertó un día anubarrado sin rendijas para la luz. Al terminar mis clases, como siempre, me dirigí a casa, mientras, un grupo de vecinos se apilaban en el portal. Ellas, llorosas, rodeaban a Doloritas que me acerco a su cara, me besó en la mejilla y susurró: 

 "Ramonín no podrá verte, ha emprendido un largo viaje. Hasta que regrese me ha dicho que no dejes de hacer bailar la peonza".



Javier Aragüés (febrero de 2018)





jueves, 25 de enero de 2018

LA CARTA

La carta recriminaba a Serafín que no había atendido a su hija. A penas su vista le permitía entrever los reproches que se desprendían en cada renglón. Antonia, su mujer, le escribía. Conocía la historia con detalle y le reclamaba desde lo más recóndito de su ser:

"Tu hija Nuria necesita tener una conversación contigo, tiene que verte". 

Serafín había estado separado de su hija durante todos los otoños necesarios como para sentirse queridos y los suficientes como para presagiar el olvido. Les emplazaba a reencontrarse y a enfrentarse a los aspectos que la vida se había encargado de difuminar.

El padre vivía en un barrio lúgubre de  una población de la costa, en una casa invadida por un olor a humedad y paredes destartaladas, como su vida. En sus continuas salidas al mar había surcado los océanos y ellos su rostro. Las huellas del desamor habían rotulado su alma y su piel, junto a las señas de las profundas marcas de enfermedades que configuraban sus peculiares facciones. Su semblante testimoniaba el no haber vivido la infancia de su hija y el exceso de amores interesados. Era un viejo enfrentado a su carácter. Cuando quiso conocer a Nuria, había huido del hogar junto con su madre. Habían marchado a otra ciudad sin mar, donde el horizonte no era tan infinito, ni se respiraba libertad y el sol no se sumergía cada tarde, en esa ciudad se lo comía el horizonte.

Nuria había sido una joven desconfiada, su vida se definía por lo que le había otorgado el destino, sin preguntarle. Era el soporte de su madre, Antonia, entregada y obligada a una misión: que no olvidara quién era Serafín y a enseñarle a disculpar sus ausencias. 

Por la calle inclinada del barrio marítimo, caminaba junto a su madre, sin fuerzas aparentes para afrontar este episodio del reencuentro. Su delgadez extrema no dejaba rastro bajo la luz amarillenta de las farolas que se apostaban en cada rincón; ellas testificaban su carácter y su sufrimiento. Caminaba vacilante, apoyada en su madre, hasta que se detuvieron ante un oscuro y sucio portal. Se soltó del brazo de Antonia y enfiló unos peldaños que acababan en el primer piso. Ante ella una puerta sin signos de vida, solo la humedad y el deterioro conformaban las sucesivas capas de pintura que soportaba. Hizo un esfuerzo para llamar. Sonaron tres golpes inseguros. El viejo se dirigió con lentitud y entreabrió la puerta. Ante él, una joven a la que la nostalgia había hecho mella. Entre los dos, el silencio. Él, indeciso, esperó su reacción.  





—Nuria, pensaba que no te volvería a ver — balbuceó .

— Padre, cuanto tiempo. No te recuerdo,..., no te reconozco. 


—Todavía podemos reaccionar aunque me  haya perdido tu inocencia, tu ingenuidad, pero me queda por conocer a la mujer que ha estado junto a su madre y...

La aptitud de Nuria se transformó y muy excitada le pisó la palabra.

— No creo que ya sea posible. Nos has ignorado y hasta olvidado. ¿Esperas que entienda tus ausencias, tu falta de cariño? Te has desentendido de las dos, para hacer tu vida —le reprochaba Nuria, fuera de sí.

Serafín había perdido la escasa compostura y solo pensaba en detener a esa máquina de odiar e intentó seguir hablando.

— He deseado tenerte junto a mí pero mi egoísmo me lo impedía — el hombre hizo un ademán de protegerse el rostro con los brazos intuyendo que Nuria le fuera a agredir.reaccionó.

— Sería fácil golpearte pero deseo que sientas lo que yo padecía día tras día. Nada es comparable a sentirte ignorada, a vivir permanentemente sin cariño.

El viejo se arrodilló mientras suplicaba. Ella miraba a su madre y Antonia se situaba junto a Serafín, parecía que quería interceder. Se hizo un silencio eterno y comenzó a hablar el padre, ahora desairado.

—Nuria, quizás hay una parte de la historia que ignoras y te haría cambiar de opinión. Tu madre me reconoció que tú no eras mi…

Sonó un golpe seco. Antonia no dejó acabar la frase a Serafín.


Javier Aragüés (enero de 2018)

miércoles, 17 de enero de 2018

AL FILO DE LA REALIDAD

Suspendido del acantilado espero que un nuevo golpe de mar me dé ánimos. No soy capaz de situarme alejado de mis sueños que vencen a la razón. El fuerte viento golpea las olas, me alcanzan y me hacen retroceder hasta mis fantasías aunque me avivan las imágenes junto a Raquel. 





El faro rodeado de bruma, se mantiene erguido a pesar de mis dudas y es refugio en mi soledad. Me salpican los recuerdos de ella. La luz intermitente me devuelve a aquellos días refulgentes por su presencia y para mí, insuficientes de cariño. Raquel me ignora. Si me acompañara por el tajamar, le regalaría el glauco mar, que al rociar junto con las salpicaduras de mis besos, resaltaría su tez tostada y resultaría mas atractiva. Ella accede, y le invito a subir a la carroza tirada por los deseos de compartir la vida y llegar a la fortaleza del amor. Nos reciben los anhelos de felicidad junto a las columnas barrocas del placer, situadas a la entrada del gran patio, repleto de mujeres y hombres desnudos, que miran con aparente indiferencia pero envidiosos de nuestro destino. 




Venus y Marte Botticelli


Las grandes escalinatas nos proponen ascender por balaustradas de coral, cortejados por las bestias marinas mas excitantes: centauros con cabeza de tiburón, sirenas de apéndice deslumbrante y morenas de diente puntiagudos, inusualmente cariñosas; también se adornan con ostras trivalvas con más de una perla en su corazón, coros de peces kilis y arco iris que forman escolanías multicolor y todos atentos a las instrucciones y a los gestos del emperador Poseidón, que con su tridente agita el mar para que no cesen las olas junto al acantilado, y da ordenes a la disciplinada fauna, para que no abandone su sincrónico movimiento. 






Una anguila gigante nos acompaña al lecho cubierto por algas pardas, rojas y verdes, para el descanso de nuestros cuerpos y antesala del placer. Nos besamos y las burbujas de amor al liberarse acarician nuestras mejillas. 








Tanto  tiempo abrazados y fundidos hasta el extremo de  que el agua no fluya por nuestra piel. Solo circula el deseo, suficiente para llegar hasta el origen del placer y nos hace permanecer suspendidos por la pérdida de la noción del yo para convertirse en nosotros.  Volteados una y otra vez por la pasión y prendidos por el fuego de amor, nos recostamos en el cabecero nacarado, descanso de pasiones y sostén de sueños perdidos. 




Transcurren muchas mareas hasta que vuelve  la calma al mar. En uno de los prolongados reflujos me deposita en una caleta a los pies del talud. Las olas serpentean por mi cuerpo desnudo y en contacto con mi rostro me devuelven el sentido. Busco a Raquel entre mis brazos, solo arena y salitre en las manos, en mis ojos lágrimas y en el mar mi pasión.



Javier Aragüés (enero 2018)  

miércoles, 10 de enero de 2018

A PESAR DE SER ICONOCLASTA

Trato de buscar algo que invoque un sentimiento y revuelva los pensamientos que acompañan en la vida a pesar de mi negativa al culto a las imágenes. De existir, ha de ser algo sensible y útil, tanto para los momentos de felicidad, como para los de turbación y siempre tiene que ser una enseña para vivir con dignidad.

Para poder acertar conviene aproximarse a quien va a ser la posible destinataria del icono y observarla:

Llega siempre puntual, austera en la mirada y generosa al regalar sus conocimientos. Vestida de discreción y observadora profesional, se pasea por los microrrelatos con voz propia y mirada literaria. No se deja mediatizar por su intimidad y es capaz de soportar con dignidad las cargas que, sin consultar, le ha trasladado la vida. Ella no lo sabe pero sus más próximos celebran su presencia como un verdadero aniversario cada día que muestra su saber hacer.

Estar cerca de ella supone alcanzar el equilibrio para progresar en las disciplinas más diversas relacionadas con el desarrollo intelectual. Sabe rodearse de la armonía. Maneja el arte y la cultura y se desenvuelve con soltura en el origen de las palabras. Cualquiera desearía tenerla como guía en el museo de la vida. 

Sus comentarios motivan la necesidad de leer, de entender lo leído y disfrutar con los tiempos de espera entre frase y dialogo, entre los dos puntos y la admiración, entre el beso de los personajes y su adiós sobre el papel.




Escritura Creativa


No se siente cómoda al elegir una imagen que represente su trabajo, aunque dentro de los símbolos opta por algo pequeño y frágil como un barco de papel, que aun así, es capaz de navegar por las aguas que rodean al Archipiélago de las Extinta, sin tocar tierra. En esa itinerancia sin fin, surca los mares de los deseos, de las pasiones, de las esperas y sin perder las referencias se escabulle de los pecados de tierra firme, escapando de la envidia, del sometimiento y de la mentira. 

Todos buscamos una referencia en el momento de expresar nuestros sentimientos y ordenarlos sin preferencias y para eso algunos nos ayudamos de la escritura. Si queremos sentirnos identificados por una imagen, una estatuilla, un objeto o un recuerdo admitimos que el encanto surge cuando, cualquiera que sea el icono elegido, al ponerlo  ante nuestros ojos, no debe ser un condicionante y sí, un gesto de amor hacia lo intangible, hacia lo que perdura.

En este caso, el regalo que mejor se adapta al simbolismo consentido y a tenor de su sensibilidad, toma la forma de sendos objetos: una estilográfica robusta que se desliza fácil sobre un papel a la espera de que vierta sus sentimientos y deseos, preparada para discurrir con la tinta rebajada por alguna gota salada procedente de su llanto incontenible, ante la belleza de sus propias palabras; y el otro fetiche es un libro en blanco, donde cada día escribe y está siempre inconcluso, faltan las últimas palabras que llenan el espíritu de literatura.




Javier Aragüés (enero de 2018) 

domingo, 7 de enero de 2018

LA VENTANA

Llegaba la noche. Los zapatos estaban descordados y descansaban en el zócalo de una pared, a la espera de un acontecimiento. Era el muro mayor de la casa, que estaba rasgado por nuestra ventana por la que penetraba el olor de las viviendas que daban a ese patio interior. El aroma de vida impregnaba el ambiente y permitía identificar a cada uno de los inquilinos: A los recién casados del segundo izquierda, con ese tufo a fritos  y a loción barata para después del afeitado; a la chica del tercero se la reconocía por el vaho de la infusión de té verde  y por un perfume de moda; a los niños de la pareja que habitaban el quinto,  porque impregnaban su habitación con efluvios a escuela poco ventilada, unidos al de los lápices de colores y "colacao"; y a nosotros, que estábamos en esa edad en la que todo estaba permitido, se nos distinguía por el de ropa recién lavada, tendida al brillo tenue de la luna, mezclado por el tufillo a linimento. La combinación de todos ellos ascendía por el patio de luces y caracterizaba a la humilde vecindad.

En esa noche todos esperábamos algo. Creíamos que la  magia nos aportaría una porción de felicidad. A la espera de que cambiara  nuestras apesadumbradas vidas. Los más jóvenes con la esperanza de lograr una mejor subsistencia, los niños para jugar más, la joven con el pretendiente que la hiciera feliz y María y yo, con que llegar juntos al final de nuestra existencia.






Vincent Van Gogh



Un fulgor penetró en cada vivienda, haciendo que todos tembláramos ante el inesperado fenómeno. Duró unos segundos, y con la misma rapidez desapareció. Los vecinos nos asomamos a las ventanas que daban al patio para corroborar lo sucedido. Gritábamos a la vez, aunque María y yo fuimos los primeros en silenciar nuestras voces para dar paso a las exclamaciones de los demás.

Pensó la recién casada: "Pronto podremos cambiar de piso, a mi pareja le van a ascender en el trabajo y  el nuevo sueldo nos permitirá un cambio sustancial de nuestras vidas". 

La joven soltera balbuceaba: "He conocido a José Luis, es un brillante ingeniero, me va a proporcionar la vida que he soñado"

"¡Yupi!" Los niños esperaban que sus abuelos les regalaran ese tren eléctrico, con una preciosa maqueta que figuraba un pueblo de Los Alpes.

Nosotros, esperábamos permanecer juntos el resto de nuestras vidas sin achaques.

Ese día parecía que iba a cambiar nuestras vidas. Impacientes, solo contemplábamos el resplandor, una densa polvareda y quedamos ajenos al fuerte estruendo. 

La guerra había estallado y un obús de elevado calibre se colaba por el patio interior haciendo retumbar el edificio. No dejo nada a su paso, pero había logrado despertar los deseos de la comunidad al menos por unos instantes.

Ninguno pudo sobrevivir para cumplir con lo imaginado, excepto María y yo. Yacíamos en nuestra cama cogidos de la mano y veíamos cumplir nuestro deseo junto a ese par de zapatos destartalados.


Javier Aragüés (enero de 2018)

lunes, 1 de enero de 2018

LA PARTIDA

Mi madre nunca estuvo enamorada de su marido. No le quería. Cuando mi padre pudo huir del hogar ella empezó a urdir una estrategia de vida para poderla explicar a terceros. El argumento defendía que mi padre era un jugador sin remedio y que la había arrastrado a la ruina, pero en realidad era ella la que solo pensaba en el juego. Con el tiempo descubrí, que la ludópata sin remisión era ella. Se jugaba permanentemente la dignidad.

No pasó un año del abandono del hogar de Paco, mi padre, cuando se reunía con un grupo de amigos, todos compañeros de la administración de justicia -ironía- para montar timbas bajo la apariencia de juegos de mesa con la justificación de pasar el rato, según decían. Era una ceremonia que alargaba la sobremesa de los sábados y domingos y en la que no se probaba más que café con unos pastelitos que se encargaba de traer un procurador, Enrique Vigueras. Era un hombre maduro y con amplias entradas; casposo, embutido en un traje príncipe de gales, que alguna vez había estado de moda, y con una cintura que solo admitía tirantes. Todos le llamaban el "babas" porque al hablar deslizaba la saliva por la comisura de los labios. Se insinuaba a todo el personal femenino del Tribunal Supremo. Acudía acompañado de su amante oficial, una chica andaluza, desaborida, a la que todos llamaban Laly y que en aquella temporada eran inseparables. Los compañeros pensaban que la relación era de conveniencia, ella por la protección económica y profesional que le aseguraba Enrique, y él, por disponer de un fetiche con pocas exigencias en el amor. 


En realidad la utilizaba para el juego. Laly era el gancho para hacer trampas en las partidas pues se jugaban cantidades significativas de dinero, si consideramos que estábamos en la España de los cincuenta y la escasa capacidad económica de los jugadores. 








Cuanto más insinuante era el vestido y abierto su escote, era más fácil adivinar que en la partida se iban a mover cantidades importantes. No se sabe porque Vigueras era el que más veces repartía las cartas, aunque siempre preguntaba a los demás, sin convencimiento: "¿A quien le toca ahora?", pero no soltaba el mazo de cartas de sus manos. Todos callaban y consentían,  mientras que a Laly la sentaba a su derecha, para asegurase que fuera mano de la jugada  cada vez qué repartía; por la manera de darlas, le permitía ver muchas de las cartas, con el dorso al aire hasta que se posaban sobre el tapiz de juego. El procurador cortaba y daba las cartas con más habilidad que un crupier.


Aquel día se incorporó a la partida un muchacho de la edad de mi madre, de unos cuarenta años, prudente, bien parecido, que llamaba la atención de las mujeres y que en más de una ocasión Vigueras reprendió a Laly por fijarse demasiado en él.


Al ser convidado a la partida Eduardo, así se llamaba el joven que era oficial de la administración, se le reconocía una consideración en el grupo, que aunque fuera informal no era intrascendente. Significaba permisión en el plazo de entrega de los asuntos, bastaba recordar que entonces todas las sentencias, autos y diligencias debían mecanografiarse; y lo que era más importante y confidencial, se le iba a permitir participar en el fondo de comisiones que algunos interesados entregaban para acelerar o retrasar la evolución de los pleitos y en algunos casos excepcionales, llegar a torcer las sentencias. Para ello jugaba un papel determinante Laly y algunas compañeras con sus mismas habilidades, dispuestas a la complacencia, aunque el verdadero capo era el procurador Vigueras que indicaba que hacer en cada caso y estipulaba el montante correspondiente a cambio del favor. Eduardo siempre se negó a participar en el reparto y para no levantar sospechas se las entregaba a mi madre. 


Eduardo acudía las reuniones a regañadientes, lo hacía por complacer a mi madre que ya iba urdiendo un plan en torno a él. El muchacho estaba muy enamorado y consentía sus desplantes y evidencias ante el resto, incluso le provocaba ataques de celos tonteando con cualquiera de los hombres del grupo. También lo hacia con Vigueras, cosa que Eduardo no soportaba al encontrar menos justificación. 


Las partidas se repetían y con ellas las discusiones entre ellos, en mi presencia en la mayoría de las ocasiones. Las acciones y la conducta de mi madre hacían que yo tomara partido por Eduardo sin ningún esfuerzo. Consiguió,  también a regañadientes del joven, salir con él. Eduardo odiaba las discusiones, a que le sometía sin descanso.  


La situación se prolongaba en el tiempo hasta que una tarde un ring, seco y repetitivo, sonó en medio de la partida. Con muestras de confusión, mi madre cogió el teléfono  y dirigió al vació del pasillo un "dígame" sin convicción. La voz al otro lado del aparato la inspiraba respeto por lo que contestaba con monosílabos, "si, un momento, ahora mismo se pone". Se dirigió al comedor y urgió. "Ponte niño, es la policía,  este señor quiere hablar contigo". La voz tomada  de un hombre maduro, confirmaba con pocas palabras que a Paco, mi padre, lo habían encontrado muerto en una pensión de Zaragoza y que podía pasar con mi madre,  a recoger sus pertenencias, que eran escasas, no tenía ni maleta, solo un encendedor de gasolina que no funcionaba y un viejo monedero con treinta y cinco pesetas.







No pude colgar el teléfono. No pronuncié ni un suspiro. Mi madre, antes de que yo lo hiciera, dijo: 
"no llores". Miré a los presentes que a su vez se miraban. Todos permanecieron sentados, incluso mi madre, solo Eduardo se levantó y me abrazó  susurrándome, todo va a ir bien. Al verano siguiente Eduardo se casaba con mi madre. 

Durante años sentí alivio a costa de la infelicidad de Eduardo, que soportaba y padecía junto a mi madre;  hasta que un otoño siniestro, yo trabajaba fuera de Madrid cuando de madrugada, llamaron a la puerta, era la Guardia Civil: "Vístase tiene que salir con urgencia de viaje, su madre nos ha contactado para que le comuniquemos que Eduardo Navarro, usted le conoce, ha muerto de un infarto".


Mi madre, ya sin referencias, siguió desbocada, había conseguido sacar de su vida a todos los hombres que la querían. Yo, hacía años que no me hablaba con ella.




Javier Aragüés (enero de 2018)

sábado, 30 de diciembre de 2017

ENTRETIEMPOS.0

Mi buen amigo facebookero, compañero de bar y testigo de otras vicisitudes me ha incitado para que me defina en cuanto a mi quehacer habitual. 

Me emplaza con una pregunta en mi muro a un rettwuit mío:



Retweeted Ortografía (@OrtografiaReal):
Cuidemos nuestro idioma: puedes sustituir la palabra "spam" por "correo no deseado". Más español, menos extranjerismos.
Jaime Lagarde ¿Blog o bitácora?
Administrar


Responder13 h
Javier Aragüés Puebla Me has introducido...,la duda. Yo me defino como bloguero.com, pero hay para todos los gustos. Me has proporcionado una idea que desarrollo en mi blog,http://javieraragues.blogspot.com.es/. Asómate y mata el tiempo o el entretiempos.


No me queda más remedio para arrancar con ortodoxia que tirar del RAE y de la wikipedia y luego ya veremos.

blog:  Arista Crítica,http://javieraragues.blogspot.com.es/ 

Del ingl. blog.

1. m. Sitio web que incluye, a modo de diario personal de su autor o autores, contenidos de su interés, actualizados con frecuencia y a menudo comentados por los lectores.

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bitácora

Del fr. bitacle, por habitacle.

1. f. Mar. Caja a modo de armario, fija a la cubierta e inmediata al 
timón, en que se pone la aguja de marear.


cuaderno

Del lat. mediev. quaternus, y este del lat. quaterni 'de cuatro en cuatro', por componerse originariamente de cuatro pliegos.

1. m. Conjunto o agregado de algunos pliegos de papel, doblados y cosidos en forma de libro.

2. m. Libro pequeño o conjunto de papel en que se lleva la cuenta y razón, o en que se escriben algun noticias, ordenanzas o instrucciones. El cuaderno de millones, de la Mesta.

3. m. Castigo que se imponía a los colegiales por faltas leves.

4. m. coloq. Baraja de naipes.

5. m. Impr. Compuesto de cuatro pliegos metidos uno dentro de otro.

cuaderno de bitácora

1. m. Mar. Libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y
demás accidentes de la navegación. 

cuaderno de Cortes

1. m. Extracto y relato oficial de los acuerdos tomados en cada reunión de ellas, 
que se imprimía y publicaba desde el siglo XVI.

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Blog   https://es.wikipedia.org/wiki/Blog

Un blog1​ o bitácora2​ es un sitio web que incluye, a modo de diario 

personal de su autor o autores, contenidos de su interés, que suelen 

estar actualizados con frecuencia y a menudo comentados por los

lectores.1


bloc

Del fr. bloc.

1. m. Conjunto de hojas de papel superpuestas y con frecuencia 
sujetas  convenientemente de modo que no se puedan desprender 
con facilidad.

2. m. Arg., Guat. y Hond. bloque (‖ pieza de los motores).

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Bloc

Esta página de desambiguación enumera artículos que comparten el mismo nombre.
Bloc de notas La palabra Bloc hace referencia a varios artículos:

Revista Bloc, revista española.



Vemos que la definición digital, virtual, de blog es intangible  pero precisa, dista de las que podemos considerar "analógicas", en donde las palabras: cuaderno, conjunto, papel, hoja,...hacen acto de presencia. 

Si me pides que me defina, me siento "bitacorero" de corazón y "bloguero" en los tiempos que corren. 

En cualquier caso lo que hace el oficio es manejar la palabra y la imaginación para plasmarlas donde puedas; quizás esta es la mejor definición por extensión, aunque también por el oficio se pueden considerar papeleros.

Ahí lo dejo, pero como siempre abierto a tus contribuciones.

Un abrazo a todos los "b".


Javier Aragüés (diciembre de 2017)