sábado, 18 de noviembre de 2017

UN GLOBO HUMANIZADO

¡No puedo más! Llevo más de cinco minutos debajo del grifo. Estoy a punto de reventar. Me siento a la vez, fofo e hinchado. Jaime es el responsable de mi estado. Este chaval, es un niño mal educado. Sus padres no piensan en los demás, son incívicos, pero eso sí, presumen de ser apolíticos. Son un par de iletrados. Se sienten capaces de educar hijos, y son una fábrica de tarambanas.

No dejo de pensar en lo que he sido hasta ahora. Un ser inerte, ligero y casi ingrávido. Estaba sometido al capricho del viento y no por eso era un pusilánime.

Cuando tenía que expresar como me sentía, como me definía, siempre manifestaba:

"Soy libre como la aguja de la brújula, que pudiendo indicar cualquier dirección, siempre señala el norte y lo hace con convicción".

Quizás simplificaba en exceso, si consideraba lo que para Leibnitz era la libertad. Él intentaba conciliar el concepto de voluntad libre, con el de un cierto determinismo. Por lo que mi definición simple, coloquial, recurriendo a un símil del instrumento que servía para orientarse, se veía reforzada. Atisbaba que la libertad no era solo una categoría, era un derecho.

La realidad indicaba que todas estas consideraciones surgía
n debido a que estaba solo, demasiado solo y esa era la explicación de porqué hoy estaba entre las manos de un mequetrefe.


Casi olvidaba que no podía moverme con tal cantidad de agua dentro de mí. Sentía las manos de Jaime manoseándome y hundiendo los dedos sobre mí. Adoptaba cualquier forma caprichosa provocada por los movimientos de la masa de fluido que Jaime me había obligado a ingerir. Y todo esto ¿por qué?









Hay veces que los compañeros no se eligen y aquí entro yo. A Jaime solo le sirvo para hacer gamberradas. Y aunque no puedo rebelarme, eso no impide que sea crítico.

¡Buenooo! Ahora toca correr. Subimos las escaleras, de dos en dos, de tres en tres. Abre la puerta, llegamos a la terraza. Tengo la sensación de que Jaime me va a empujar al vacío. No puedo evitar asomarme desde la balaustrada. Me sujeta entre sus manos y me aprieta, estoy a punto de reventar. Antes de tirarme tengo tiempo para reflexionar.

Ante mí, la gran ciudad. Identifico su perfil-esky 
line  para los  para anglosajones y esnobs- donde la vista busca descansar. La contaminación crea esa neblina tóxica, opaca, densa, amarilla, negruzca, grasienta, pegajosa y a la que todos -casi todos- llamamos esmog. 


Barcelona

Sobre las aceras, apenas distingo puntos gruesos coloreados, se mueven en todas las direcciones.
Todos corren. En aquella esquina, dos discuten, aunque no les oigo. ¡Si, si! aquel es Óscar, el que está en el paro. Con el tiempo se ha atrevido a mendigar y se le ha olvidado querer. Tampoco le quieren. Hoy también, el punto rubio, se detiene. Los demás puntos pasan de largo, apenas le ven. Como cada día, ahí está, ese punto, el blondo, el que se disfraza de amarillo dorado los días que se siente optimista. Al llegar a Oscar, se inclina, le deja una moneda y le susurra algo, desde aquí no la entiendo. Óscar la conoce, sabe su nombre, Alicia. Se comunican sin necesidad de hablar. Hoy Alicia, coge de la mano a Oscar. Se dirigen a un gran parque, al otro lado de la avenida, limpio de esmog.

El oxigeno, las plantas y otras parejas de puntos enamorados, invitan a pasear. Óscar y Alicia se pierden entre los arbustos.

Pasa el tiempo. Jaime me estruja aún más. La situación, para mí, se hace insostenible. Me acerca a la barandilla, saca sus brazos, sigo entre sus manos, me va a soltar. Espera a que haya una mayor concentración de puntos sobre la acera. Abre sus manos. Al caer, noto como penetro en el aire a gran velocidad. Jaime se asoma para ver mi caída. Calcula mal y lo hace en exceso, la barandilla cede y se precipita. Debido a su peso, me alcanza y me sobrepasa.

Alicia y Óscar corren hacia el grupo de gente que se ha concentrado en un de las aceras de la avenida.

Alicia pregunta a una de las personas.
“¿Qué ha ocurrido”

Varios individuos, agitados, contestan.

“¡Una desagracia, una fatalidad! Un muchacho ha caído desde la terraza y todo parece que ha ocurrido por jugar con un globo”.



  (Javier Aragüés, noviembre de 2017)





lunes, 13 de noviembre de 2017

EL CONDICIONANTE


Todo lo que sigue iba a ser el condicionante de esta historia.

Era verano cuando se conocieron, los presentó una amiga de Berta, cómplice en su afán de complacerla. Coincidieron en aquella casa, junto a un grupo de jóvenes. Era un antiguo  secadero de pescado, destartalado, a los pies de la ría. 

Transcurridos unos días, la convivencia se hacía molesta y tediosa. Berta, buscaba el momento para invitar a Aleixo a dar un manso paseo hacia O Grove, y escapar del resto del grupo, que vociferaba a todas horas: cada uno intentaba imponer su criterio, aunque el único argumento fuera levantar la voz, para intentar remarcar su presencia, rodeada de un inexistente atractivo. La convivencia en la casa se hacía tirante, por el reducido espacio y los afilados caracteres. 




Caserón en O Grove



Berta era una mujer deseosa amor. De melena ondeada por la brisa y tintada por la demora de ese afecto que no recibía. No se le asociaba,por su aspecto, con el resto del grupo. Tenía una edad indefinida, en connivencia con una inagotable esperanza, reflejada en las abundantes hebras perlinas que poblaban su cabello. Esbelta, con rasgos que redundaban su figura estilizaba y alcanzaban el atractivo.

Aleixo era un joven reflexivo, taciturno y a la vez, desposeído de rigidez. Buscaba a la compañera, discreta en lo superficial y rotunda en el cariño, para alojarse en sus labios y penetrar en el espesor húmedo, el más selecto de su cuerpo. Aún no lo había conseguido. 

Solo las noches reconfortaban a Berta, que sin ser observada, podía concentrar su mirada en Aleixo y, sin levantar sospechas, invitarle a salir de la vieja casa para respirar juntos y contemplar el mar. 




Plenilunio sobre el mar




Esa masa de agua ultramarina, que durante el plenilunio rebotaba en la lámina brillante de la superficie, parecía seducir a los huéspedes.y difuminar el azul cobalto de la cara del astro. Mientras Berta, sentía la sensación de un arranque impetuoso de color coral, símbolo del amor incipiente de la pareja. Deseaba estar junto a Aleixo. Consiguió espesar al resto de la manada, en el viejo almacén habilitado como mansión. Durante el paseo, Aleixo se atrevió, tras numerosos intentos, a entrelazar sus manos con las de ella. En el primero, de forma casual y atropellada, disimulando los sucesivos contactos errados, para después de unos instantes, permanecer entrecruzadas, a la manera que dicta el amor bermellón, deseado y sin fisuras. 

Ese paseo excitante, iba desembocar en el mar de la pasión, contenida e insatisfecha, sobre la que vivían los dos. Al llegar a la playa de La Lanzada, se detuvieron, se quitaron las chanclas comenzando a caminar sobre la arena húmeda de la orilla, que se teñía de blanco con los embates domesticados del mar e iba dejando las huellas de su amor. 

A él, las pequeñas ondulaciones que se formaban en la orilla le recordaban los bucles zigzagueantes de lo que había sido su vida hasta ahora. Deseaba alisarlos para poderse entregar a Berta sin limitaciones .

Aquel verano Berta, suspendida en su propio abismo, vestía de azul salino, contemplaba el naranja del infinito, mientras escuchaba el rugir del blanco oleaje al romper contra el malecón de sus recuerdos. 




Malecón


El mar removía el fondo ámbar y, como su amor, se deshacía en infinidad de partículas, tantas como las caricias que esperaba recibir de Aleixo para que él se las entregara, sin súplicas. 

Se tumbaron sobre la arena y ocurrió lo que querían los dos.

Javier Aragüés (noviembre de 2017)




sábado, 4 de noviembre de 2017

VOTO DE SILENCIO

Al salir del refectorio, la monja se derrumbó y se apoyó en los senos turgentes de la madre superiora. Pero su gesto arrojaba duda entre la congregación.  

-¿Ese encontronazo, es casual o lo ha provocado? - se preguntaban las hermanas. 

Se repetía en demasiadas ocasiones para atribuirlo al azar, aunque para la mayoría de las monjas, de esa exigua cofradía, no era más que otra torpeza de sor María del Silencio. 


Sor Déspota -así se llamaba la superiora- descubrió la falsa claudicación, la ayudó a incorporarse y la cogió de una mano; juntas se alejaron dejando atrás al resto de la comunidad. Caminaron por el ala oeste del claustro de la abadía, hasta la gran sala capitular, se detuvieron a la entrada y se inició un monólogo. 



MONASTERIO DE VALLBONA




-¿Otra vez, hermana? No hay excusas para tan notable obstinación. ¡Soy tu madre espiritual! -gritaba 
la superiora- que la continuaba increpando. 

-Te amparas en tu voto de silencio para encubrir tus irrefrenables deseos de amor. En esto, también te confundes ¡Solo puedes amar a Dios!- le dijo a voces la priora.

 -Tienes los amores desorientados. Te disculpo, pero no entiendo tú pasión por las mujeres y, menos aún, la que me sugieres para subyugarme -le 
susurró la superiora.

La monja, temerosa, parecía hablar por sus ojos, proyectaba su amor e intentaba acariciar con la mirada el rostro sonrosado y dehiscente de la abadesa, que no parecía aceptar los mimos. 
La madre espiritual ocultaba la debilidad que le producía aquel candor, que al llegar a su espíritu, se transformaba en deseo y a la vez, se esforzaba en distanciarse de aquella pusilánime. 

En el intercambio de sinrazones, la joven monja sustituía su voz por hipidos, condensados en lágrimas, que transitaban por sus pómulos, se dispersaban por los pliegues del hábito y las más audaces, se deshacían, al percutir contra las frías losas del suelo del monasterio.

Por más que los gemidos de la novicia quisieran convertirse en  súplicas, no se apreciaban gestos de ternura
en la avezada abadesa. Ante la insistencia de la débil monja, se despertó la duda en Sor Déspota y  continuó presionándola para que se manifestara.

Parecía que Sor María del Silencio no quería romper el precepto de su voto, por fidelidad a su promesa.También era posible que no pudiera  verbalizar sus sentimientos y a la vez especulaba sobre lo sencillo que sería articularlos, en clave de armonía y afecto. 

Pero la realidad tenía que ver con lo ocurrido aquella noche, en el callejón de la sórdida ciudad. Dejó su vida sumergida en el terror y la condenó  de forma predeterminada, a retorcer su existencia. 
La violencia que ejerció el violador le provocó la pérdida de la voz. No podía hablar. Tampoco podía ignorar que la violación y el hijo no deseado habían dibujado en ella, un tormentoso silencio. Estaba obligada a transformar en virtud lo que era una tara y una lacra para su subsistencia. Decidió tomar los votos y enclaustrase acompañada de su mentira. 

Transcurrió el tiempo en el monasterio entre medias verdades, dentro del silencio más absoluto.

Dado el extremo a donde había recalado, era obligado e inevitable, sincerarse con la superiora.  Intentó llamar la atención de su madre espiritual. Le pidió papel e hizo el gesto de escribir. La curiosidad irrumpió en la priora, que fijaba la vista en la cuartilla y parecía empujar con sus ojos la mano de la víctima. En ese instante, Sor María del Silencio comenzó a escribir.


Javier Aragüés (Noviembre de 2017)

viernes, 27 de octubre de 2017

MÁS QUE ENVIDIA

En una tarde de octubre, Raúl se encontraba en aquel jardín poblado de esperanza. Vestía de gris soledad y anhelaba cambiar el disfraz para pasearse de la mano con la persona deseada. Ataviado de un carácter acharolado y exuberante, podía codearse, de tú a tú, con la vida. Pero todo era una ilusión provocada y perseguida por él. Continuaba buscando, recorría una dilatada travesía en compañía de sombras, sin rasgos de afecto, llena de murmullos y rumores que enmascaraban la voz nítida de un cariño sosegado.

Hasta aquella tarde, Raúl rodeado de una frondosa vegetación, seguía solo. Meditaba sobre el porqué de su dificultad para encontrar a otra persona y poder compartir fragmentos, episodios, o lo que sería el sumun, seguir a su lado toda una vida. Lo atribuía a su falta de preparación para empatizar  en ambientes intelectuales y a su escasa experiencia vital, cuando prolongaba las noches de copas y tertulias. Su continuo mimetismo hacia los otros y su enfermiza comparación con sus cualidades, ahondaban en su tristeza, provocando abatimiento y una gran desazón. Todo, por no poseer los atributos, ni las cualidades de otros, al compararse con ellos. La carencia de esas aptitudes le impedía conquistar lo que más deseaba, amar a una mujer.








En aquel anochecer, todo empezó en uno de los parterres, con la charla informal de una pareja, Olga y MarcoEran dos personas sin esencias de ternura. Conversaban alimentando reproches, lo que a distancia significaba desamor. Entre los matorrales se oyeron unos susurros, que se amplificaron hasta conformarse en gritos inconfundibles entre los dos. Se avivaron con frases gruesas, intercambiadas sin que ninguno esperara a escuchar, ni a terminar, la frase siguiente del otro. Se trazaba un anunciado desencuentro. Cuando  Raúl observaba a distancia, sus ojos brillaban con nocturnidad, se sincronizaban con la intensidad de las exclamaciones, que titilaban a cada golpe de voz.

 -¡Qué gran ventaja ante este desastre! -pensaste, y yo te di la razón

Se descubrían espacios ante Raúl para poder mostrar esas cualidades que envidiaba en los otros, le incitaban a mostrarse como el compañero ideal y a ser el candidato ante Olga dispuesto a sustituir de forma apresurada al intruso, para construir una intimidad consistente. 

Al deshacerse de Marco con bravuconadas, se quedó solo junto a Olga y sometido a su criterio. Ella le inducía bienestar y le proporcionaba seguridad. Le bastaba mostrarse tal y como era, no tenía necesidad de moldear su personalidad. 


Los dos, sin dejar de mirarse y con las manos próximas, se contaban de forma atropellada lo que habían sido sus vidas, esperaban el relato y la siguiente vivencia del otro, para incorporarlos y tomar juntos el tren de la vida. 






Para Raúl, eran días de duda, entre buscar el amor, o esperar. Deseaba conocer a Olga, sentirse vivo, expuesto a todo tipo de motivaciones, sin alertas para seguir existiendo y vivir con plenitud, en brazos de la ternura. Al lado de esa mujer, con su forma de hablar y querer, nada sería imposible, si no volvía a la tristeza por emular lo que no poseía. A partir de ahora, no podría desear, apetecer, ansiar, en resumen, dejaría de envidiar. Consciente, se comprometió a no claudicar,  ante la propensión de ansiar lo ajeno.  

En la puerta principal del jardín, apareció un hombre en la penumbra. Parecía que ella lo reconocía. Con naturalidad fue a su encuentro, le cogió del brazo y juntos caminaron hacia Raúl. 
Él comenzó a sentir temblor en las manos y a la vez su rostro se enrojecíó. Le pareció más que un hombre, la torre del campanario de una iglesia. Era esbelto, airoso, rotundo y de ojos abiertos como las aberturas de un ajimez. 

Se precipitaron los temores. No pudo impedir el deseo de querer ser aquel hombre, de envidiarle. Intuyó que Olga interpretó su debilidad y Raúl sintió miedo a perderla. Solo la podría recuperar si conseguía que ella rechazara a aquel portento de ser humano. Cuando la mujer se aproximó a Raúl, con gesto de presentárselo, él rehuyó el saludo. Olga confundida, reaccionó con una mirada inquisitorial y bastó ese instante para deshacer el sueño de amor que parecía surgir entre los dos. 

Raúl se dirigió a la puerta del parque, abatido, arrastrando sus convicciones, zigzagueante al ritmo de una tristeza provocada por carecer de las cualidades de aquel ser, o al menos eso le parecía. 
Vio como Olga y su acompañante se dirigían a la puerta opuesta, se soltaron del brazo y él, mirándola a los ojos, le dijo:

- Olga, en mi opinión ese hombre no te conviene,
  tómalo como un consejo, porque soy tu hermano. 

Yo no pude participar en esa conversación, pero estaba totalmente de acuerdo, aunque no era su hermano.


 (Javier Aragüés, octubre de 2017)

jueves, 19 de octubre de 2017

EMBATE


El sol revienta el horizonte  y esparce la luz, foco de confianza del nuevo día. Caminas cada mañana hasta el extremo del espigón. Protegido con ropa de abrigo y expuesto a la duda. Te asomas a un decorado de fulgor policromado que aumenta la creencia de que Carla regresarà. 


Amanecer

sonido del mar en un amanecer (audio/video)

Tú miras. Buscas en  el remanso de mar de la bahía, a esa mujer. Tu deseo de mantener los anhelos te rompe el sosiego. Ni siquiera los días que te rodean las tinieblas consiguen quebrantar tu espera, ni te impiden desfallecer. Recibes con placer la rociada de gotas de mar que mantiene la esperanza de tus fantasías. Algunas pizcas de agua se posan en tu rostro y el viento esparce otras muchas por tu atuendo. 


Tu vista no descansa. Buscas sin cesar entre las 

guirnaldas de espuma al ser que amas. A Carla la 

pierdes al soltarte de su mano. Ella camina hacia el 

abismo indeseado del piélago, inmensidad del azul y 

verde. Se funde en las tonalidades. Desaparece.


El color del mar



En la punta de la escollera recuerdas los paseos por la orilla. Te acoplas por la cintura, caminas junto a ella, que recoge tus muestras de cariño y te las devuelve con ternura. Te besa. Tus labios salados se posan en los suyos. El salitre es el vehículo de tu amor: se lo entregas en la boca. Ella cierra los ojos, tú los entornas para gozar del instante y asegurarte de que sigue junto a ti. 


Resucitas los días en que tus manos se entrelazan con las suyas, la aproximas a tu cuerpo y dibujas tu sonrisa de complicidad.  Basta con tu expresión para invitarla a la desnudez y Carla acceda. No dejas espacio entre los dos para que el ansia de sexo escape y consumas el amor. 
No te puedes olvidar del descomunal golpe de mar que te aleja de la quietud del tiempo pasado. Luchas contra la naturaleza, te la arrebata y te sumerge en el más inmenso desamparo.
Para liberarte te convences de que todo es una invención. Te preguntas ¿existe Carla?

Noche de pesadillas. Tus pensamientos van una y otra vez a su rostro, a su mirada. ¡Ojala la pudieras recuperar!



Paseas junto a la orilla. El mar atempera su agitación. Se ondula suavemente en la playa y te devuelve a Carla.


Javier Aragüés (octubre de 2017)




lunes, 16 de octubre de 2017

MI ABUELA CRISTINA

Querida abuela:

Recuerdo y añoro los días a tu lado, cuando velabas por mí, sin ocupar mi espacio, sin perturbar mis deseos. No puedo compensar tu dedicación, ni olvidar cómo me acompañabas. Tus manos emanaban cariño, reforzado con la mirada que se prolongaba en las noches cuando yacías a mi lado. Suplías con creces la ausencia del amor que debían regalar los padres -ausentes en mi caso- en los momentos cruciales de la infancia y adolescencia como en cualquier pequeño. Con tus manos dilatabas la ternura, única sensación presente al estar junto a mí, me cuidabas y me contagiabas tu manera de transitar por el afecto. Al coger mi mano me impregnabas de seguridad, garantizabas mi protección y mitigabas los miedos que presiden los pensamientos de un niño. 









El cine es un estípite definitorio de lo que es mi infancia. Entendías que era la forma más sencilla de asomarme al mundo e introducirme a los sentimientos, descubrir pasiones y contemplar vivencias. Me invitabas a descubrir lo que es estar vivo e imitar a los personajes, atendiendo a lo que es un código básico de ética, que hoy sigue vigente para mí. Sabiendo que estabas allí me permitía perseguir a malhechores, emprender aventuras o identificarme con el novio de "la chica", el héroe de la cinta. No tenía miedo a ser atrapado, ni herido. De lo no que no estaba protegido era de enamorarme, casi siempre de la protagonista, lo que ocurría a menudo y que chocaba con mi realidad. Pero allí estabas para consolarme sin desdeño. Al final de la película se encendían las luces y a la vez se ahogaban mis sueños. En la vuelta a casa dominaba la angustia de saber si estaban mis padres, o lo que era peor, si lo estaban sumergidos en una de esas inacabables y sórdidas discusiones. Ellos no sabían que yo contaba con tu complicidad y la ayuda para afrontar cualquier obstáculo en la asfixiante convivencia como era habitual. La noche era larga y sumergida en un gimoteo silencioso aplacado por el recuerdo de la película y tu insustituible presencia.

Aunque intento expresarte mi profundo cariño y respeto, entiendes que en aquellos momentos era incapaz de exteriorizar mis sentimientos hacia ti, y aún hoy me siento incapaz. Lo he suplido con sonrisas, con miradas y gestos de complicidad, todos insuficientes para significar lo que ha sido tu compañía en mi vida. Hoy intento trasladarte aquellas vivencias con  palabras ordenadas en un intento de aprender a hacerlo con la ayuda de un taller de escritura al que me he incorporado. Como esto no es fácil, permíteme que lo haga en sucesivas aproximaciones para llegar a tu sensibilidad. En cualquier caso sino lo consigo quiero que sepas que eres parte de mi vida. 

Un beso.

Javier


Javier Aragüés (octubre de 2017)

lunes, 10 de julio de 2017

EL PÉNDULO

En la sala de espera del doctor, Oscar está impaciente, no sabe lo que tiene, se siente incomodo, no se reconoce, ni es él. Le llaman y pasa a la consulta. El psiquiatra intenta tranquilizarle.





-Recuerde la idea intuitiva de lo que es un péndulo. Un elemento suspendido de un tirante inextensible del que se suspende un peso. Si está en reposo, no abandona su posición de equilibrio, pero si le ayudamos a desplazarse comienza a oscilar entorno al punto de sujeción, indefinidamente, sin nada que se lo impida a no ser la propia fricción con el punto de apoyo y el aire. Si despreciamos estos efectos, el movimiento ante el primer impulso se hace permanente, llegando incluso a balancearse creciendo la duración de las oscilaciones - así le explicaba el Dr. Neira a su paciente, con un carraspeo previo, sus repetidos y divergentes estados de ánimo, para que entendiera porque estaba enfermo, los síntomas y el alcance de la enfermedad.

El doctor continuó la explicación.

-La descripción de este objeto no parece indicar nada más que eso, pero si pensamos en la similitud que puede tener con el estado de ánimo de algunas personas -la suya, en este caso- quizás nos aporte algo más. Supongamos que se siente muy bien cuando el peso se encuentra muy alejado de la posición de equilibrio. 





Péndulo simple


El péndulo tiene una energía tan considerable que puede oscilar sin detenerse. Si admitimos que se debe a la intensidad del impulso inicial, usted no abandonará ese estado si no hay algo que lo impida, es más en unos primeros instantes la distancia al estado de reposo se hará cada vez mayor, usted se encuentra muy bien es capaz de tener proyectos, explicarlos sin descanso, ser más locuaz de lo habitual y se siente totalmente desinhibido. Pues aunque no lo crea está atravesando la fase más placentera de la enfermedad para usted, y con seguridad la más indeseable para las personas más próximas. Pero la enfermedad tiene otra cara, la de la inapetencia, las ganas de no hacer nada, la tristeza y el silencio. Fase insoportable para usted, puede desear no vivir. Imagine qué sienten sus más allegados si son conscientes de la situación.






-Doctor he conocido a una mujer, se llama Ana, que me atrae y siento la felicidad junto a ella. Pero tengo miedo de encontrarme en una fase, ...eso ¿cómo la ha llamado usted?

-Maníaca. Usted conoce los síntomas y por eso está hoy conmigo -responde el Dr. Neira.     

-Cuando estamos juntos deseo transmitirle mis sentimientos, mi alegría, mi amor. Ella lo recibe con complacencia y no parece asustarle- le explica Oscar.

-  Todo lo que le he comentado es cierto pero no conviene obsesionarse, solo estar vigilante. Seguir unas pautas de vida ordenada, sin excesos. 
Los síntomas los conoce a la mas leve sospecha me pide consulta y veremos si es necesario suministrarle medicación. Porque no hay que olvidar que es una enfermedad y ante ella la medicina reacciona con los medios a su alcance.

-No llego a entender que tenga que medicarme como consecuencia de mi carácter. 

-No es su carácter lo que hay que modificar sino aliviar o sanar un trastorno del estado de ánimo. Ahí reside la enfermedad.  

-No llego a entender como puedo sentir deseos de vivir una vida plena junto a Ana, consciente de que la hago feliz, y en el extremo opuesto, no estar bien con ninguno y sentirme incapaz de dar afecto a alguien, ni siquiera a mi mismo.

-No es un problema de doble personalidad, sino una perturbación de sus estados de ánimo. Usted puede amar, sentir y hacerlo patente a Ana; y también debe ser franco y explicarle la enfermedad que padece. Hay que aprender a vivir con el trastorno sin abandonar la vida.

Ana le esperaba. Corrió en su busca  con la seguridad de poderla hacer feliz.


Javier Aragüés (julio 2017)

miércoles, 28 de junio de 2017

SIN INTIMIDAD

De noche, sobrevenía la lluvia en la plaza mayor de la ciudad portuaria tras varios días y noches de hacerlo ininterrumpidamente. Jorge y Esther la cruzaban con paso rápido para ganar los soportales y despistar a un par de fotógrafos que corrían tras ellos, no pudiendo evitar el chapoteo sobre las pequeñas lagunas formadas en los abombamientos del firme. Querían esconder los sentimientos que estaban en manos de amigos y desconocidos. Se habían atrevido a colgar fotos de ellos en las redes sociales cogidos de la mano. No tenían intimidad. Desde que descubrieron el posible amorío llevaban su relación en secreto. 

Él trabajaba de camarero en uno de los bares del puerto, hasta altas horas de la noche, donde se habían conocido. De piel oscura y tez brillante destacaba sobre el blanco de su camisa hábilmente remangada con dobleces casuales que parecían diseñados a propósito. Esther era una artista de rasgos toscos que vivía del desnudo y se encontraba en el declive de su frescura. Vestía de tal manera que las curvas y el contorno de su cuerpo quedaban siempre muy remarcados. Había vivido en, y de las páginas de la prensa barata del corazón, pero un hecho trágico iba a marcar sus vidas y cambiaría sus existencia. Jorge padecía una enfermedad muy grave, en fase terminal. 



Gutav Klint


Esther estaba desde años asediada por periodistas de dudosa profesionalidad que buscaban hincar las crónicas en su vida y ahora también en la de él. Parecía que la gran noticia era la desgracia que les acontecía a ambos,  en parte por la ausencia de otros chismes y por la deteriorada situación económica de la pareja. Esther se vio obligada a dejar de actuar y dedicar todo su tiempo a cuidar de Jorge. Tuvieron que abandonar los idílicos planes de vida en común. 

Atrás quedaban los días para poder compartir sus vidas. Las noches en la parte oculta del camerino de Esther en la que Jorge la había hecho disfrutar con sus besos y su cuerpo confesándole su amor. Recordaba la primera vez que la había pedido que se abrazaran hasta fundir sus cuerpos en uno, enlazando sus piernas mientras él la deleitaba con caricias y ella le correspondía deslizando sus labios semiabiertos por toda su piel que no escatimaban pasión.



Egon Schiele. Estudio de una pareja


Las tardes de invierno en las que Esther disponía de 

tiempo, cogiéndole las manos le pedía que no se 

apartara de él.    
                                                     

A Esther la asediaban con el pretexto de buscar una entrevista a la actriz que había sido. Ella los rehuía con: “hoy no puedo, inténtalo la semana próxima”. Una y otra vez falsas excusas. Su mente estaba con Jorge que no reaccionaba al costoso tratamiento.
Habían tenido que dejar sus antiguos apartamentos y coger uno de alquiler más modesto donde los días y las noches se hacían eternas. La enfermedad se volvía más virulenta y la situación económica más deteriorada. Desesperada decidió ponerse en manos del periodista y preguntar que podía obtener si accedía a la entrevista.

-Verás, ahora que hemos contactado te tengo que decir que por tu entrevista no obtendrías gran cosa. La revista está interesada en hacer un reportaje en tu casa las veinticuatro horas del día en la que un redactor –yo- junto con un compañero gráfico esculpamos vuestras vidas hasta el más ínfimo detalle.

-¡No lo puedo creer, sois unos vampiros de lo íntimo! No es suficiente hurgar en la vida y los sentimientos de las personas si no que ahora lo hacéis a pares, sin respetar afectos, ni situaciones dramáticas como es nuestro caso – le reprochó ella.

 -Lo entiendo pero para acceder a una suma importante para ti, el medio necesita resarcirse publicando algo que sea muy vendible. Conoce tu situación, mejor dicho, vuestra situación y quiere comprarla con detalle.

-¿De qué cantidad hablamos? - preguntó Esther. 

-De una cifra de cinco ceros que se haría mas importante si prolongamos el reportaje entre tres y siete días. 

Esther hizo un gesto de rabia y mostró la intención de zanjar la conversación pero el periodista la sujetó, lo que hizo que en un instante valorase la propuesta con ánimo de auoconvencerse. Todo se haría más llevadero sobre todo en lo económico hasta podría contratar a una persona que "cuidara de la cuidadora". Ella estaba al límite de sus fuerzas físicas y mentalmente comenzaba a flaquear. Un rictus en sus cara indicaba aprobación lo que aprovechó el redactor para intentar concretar el reportaje y hablar de la cantidad para terminar convenciéndola.

Al cabo de cinco días a las nueve de la mañana el

periodista y el reportero gráfico entraban en casa de 

Jorge  y Esther. Les comenzaron a dar pautas de como

debía ser su comportamiento ante las preguntas del 

articulista, y la cámara del reportero. Quedaban

prohibidas las escenas tiernas entre los dos, 

por supuesto los besos y las frases que sugirieran

comprensión de Esther hacia Jorge. Era preferible

no hablar entre ellos solo debían observarse

pero con miradas que no supusieran sinceridad y

menos aún amor. Las recomendaciones iban dirigidas 

a la inexpresividad total de la pareja. Esther les pidió

que se retiraran unos minutos para adaptarse al

comportamiento exigido. Se miraron.


Era de noche, en la calle llovía sin parar, los dos 

salieron huyendo por la plaza mayor mientras los  

periodistas les perseguían, pero lograron alcanzar los

soportales y protegidos se fundieron en un abrazo. La

foto no servía.


Javier Aragüés (julio de 2017)